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Crítica de "Ánimu", con la frescura y el poder de alimentar el canto y el espíritu
La muy joven originaria Wara Calpanchay, no solo se revela como una eximia violinista y entrañable cantora, también expresa en palabras un sentimiento humano y necesario. El director Miguel Kohan conoce y se nutre de su mundo y lo traduce con una sencilla pasión.
Entre las peculiaridades que tienen los films de Miguel Kohan hay dos que sin duda sobresalen y son muy reveladoras. Una de ellas es el hecho de su interés y relación con la música. En todas sus bandas sonoras, la presencia musical es muy significativa, por no decir casi otra protagonista de la historia que nos relata. En sus dos primeros films, el compositor y productor musical fue Gustavo Santaolalla quien en el mediometraje Salinas grandes (2004) incluía temas de su álbum instrumental Ronroco (1988) y además la producción musical (y coproducción general) del film Café de los Maestros (2008) junto a Aníbal Kerpel y Gustavo Mozzi. En El Francesito un documental (im)posible sobre Pichón Rivière (2016) la banda sonora estuvo a cargo de Gustavo Pomeranec. Seguiría con los aportes musicales y de composición del tecladista César Lerner tanto en La experiencia judía de Basavilbaso a Nueva Amsterdam (2018) como en El despenador (2021). Previamente había sido Lito Vitale el compositor para el film documental sobre sus padres, Donvi y Esther Soto, titulado Rivera 2100, entre el ser & la nada (2020).
La otra particularidad de las historias de Kohan es su pasión por Jujuy. Empezando por su opera prima Salinas Grandes, un mediometraje rodado en la región del título (que toma Jujuy y Salta). Y aquí a su vez comienza una tercera característica que es el de extraer un personaje o situación determinada y crear una nueva historia, que en el lenguaje cinematográfico es hablar de un “Spin Off”. Así lo sintetizó hace unos años el propio realizador: "Me encontré con la historia de El Despenador durante la realización del documental “Salinas Grandes” en Jujuy en donde el protagonista, Prudencio Alancay, me comentó sobre su presencia en la zona andina". Pues ese personaje y esa historia se transformó en lo que fue su primer film de ficción 17 años después, El despenador.
Y así se llega a esta su último opus, Ánimu. Rodando en locaciones de la puna jujeña (como Susques, Abrapampa, Cochinoca, Villa El Cármen) para su docudrama que se filmó antes y después de la explosión pandémica, conoció a su vez a una joven muchacha atacameña quien tenía una participación en ese film y completaba la música de César Lerner. Ella era (es) Wara Calpanchay, quien además de cuidar rebaños, es una experta violinista y cantora y compositora adolescente. Entonces Warita es el “spin off” de El despenador.
Su vida transcurre entre la puna y el momento en que se muda a Palpalá, a las afueras de San Salvador de Jujuy. Es ahí donde va a conocer el mundo del cine al entrar a estudiar en la Escuela de Artes Audiovisuales. En esta ciudad ella queda impresionada con la torre de refrigeración, incluyendo el horno para la colada de arrabio y producir el acero en Palpalá. Y su memoria cinéfila-televisiva la hace sentir una semejanza a la planta de poder nuclear de Springfield de la serie animada Los Simpson.
Pero si hay algo muy importante en su vida, además de la música, es su relación, su amor con la tía Delia quien para Warita es “la abuela”. Conviven mucho tiempo y se encargan de cuidar los distintos rebaños. Justamente la muchacha está siempre rodeada de animales como las llamas, ovejas, cabras, perros, gallinas y pavos. Y entre el viento y los cerros, ella tiene un pensamiento y sentimiento directo y profundo. Su voz en off está siempre comentando diversas cuestiones humanas o cotidianas con una frescura y espontaneidad natural. Llena de peguntas existenciales y humanitarias. Uno cree estar frente a una persona que está entrando en su adultez, pero eso no quita el hecho de que pueda juguetear e imaginar. Wara está jugando con diversas formaciones rocosas y cerros y fantaseando que son edificios, shoppings, casa familiares, plazas, iglesias. Toda su pequeña-gran cosmovisión la vuelca en el canto, en la ejecución del violín. Cantando ella es una mixtura entre una vidalera y una blusera.
Miguel Kohan, quien además de realizador es psicólogo social y fotógrafo, ha estudiado cinematografía durante un tiempo en la mítica UCLA (Universidad de California en Los Angeles, Estados Unidos). Y en ese periodo conoció personalmente a Jorge Prelorán, quizás el más trascendental documentalista argentino, quien era un “Chairman” de la Universidad en el área de producción audiovisual. Y su cine, su estilo sin duda bebe de las aguas preloranianas. En la cuestión de investigación, de hacer scouting previos al rodaje para ir conociendo a su personajes y ganar su confianza. Despojarse de diálogos redundantes, preferir la voz en off adecuada y precisa. La utilización tanto del sonido ambiental como de la música sin que sobresalga en el todo, sino que fluya en una amalgama clara y simple. Un abrazo completo y profundo entre la imagen, los interlocutores, la escenografía, los sentimientos.
Hasta se da (nos da) el gusto de incluir y cruzar en la edición escenas del film Nanuk, el esquimal (1922) el clásico documental y opera prima del realizador estadounidense Robert J. Flaherty. Quien fue para el director de Hermógenes cayo, Cochengo Miranda, Casabindo y entre tantas otras, Araucanos de Ruca Choroy; su gran fuente de inspiración.
Cuando estamos en la ciudad, en la escuela de cine, todo es a colores. Pero en plena puna, entre cerros y rocas, entre el viento y la inmensidad, la pantalla vira a un blanco y negro prodigioso. Como si estuviéramos viviendo en tiempos ancestrales. Y conviviendo con ritos y ceremonias que hacen a la esencia humana, a las costumbres regionales. Todos coqueando (mascar hojas de coca armando un bollito a un lado del interior de la boca, que se denomina acullico, muy típico del noroeste y países andinos), entre la Corpachada, que es darle de comer y beber a la Madre Tierra, donde en un pocito se ponen y tiran al acullico y le suman, aloja, agua, vino, tabaco y porciones de comida elaboradas naturalmente. Y la Señalada, o sea marcar las orejas de los animales menores nacidos durante el año anterior. Todos juntos: Wara, su abuela, sus padres, amigos, vecinos, comadres y compadres, unidos, bailando mezclándose entre burros, humo, incienso, cantos y danzas. Y un sonido del violín que nos transporta y eleva, alimentando el espíritu.