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Crítica de “En mitad de tanto fuego”: Tantanian y Victorio D'Alessandro convierten la épica en un manifiesto queer
La obra de Alberto Conejero, dirigida por Alejandro Tantanian y protagonizada por Victorio D'Alessandro, convierte "la Ilíada" en un manifiesto queer sobre el amor, la guerra y los cuerpos deseantes.
En En mitad de tanto fuego, Alberto Conejero rompe con la lógica del mito heroico. La guerra de Troya no se cuenta desde la gloria de los vencedores ni desde la voluntad de los dioses, sino desde el cuerpo de Patroclo, el amante de Aquiles. Su historia no es la del héroe que conquista, sino la del hombre que ama en medio del desastre. Ese amor, colocado en primer plano, desarma la épica y la transforma en un espacio íntimo donde la fragilidad se convierte en resistencia.
El centro de la obra no es la batalla, sino la pasión. Victorio D'Alessandro interpreta a Patroclo como un hombre atravesado por un deseo que lo impulsa a combatir y, al mismo tiempo, lo conduce a la desaparición. El escenario se vuelve entonces el territorio de una paradoja: amar es exponerse a la herida, y la muerte puede ser la forma extrema de ese vínculo.
En la puesta de Alejandro Tantanian, la guerra no se reconstruye con decorados ni gestos heroicos. Se sugiere a través de sombras, sonidos y proyecciones, pero nunca se muestra de manera literal. Lo que ocupa el centro es el cuerpo, en particular el de Aquiles, que no aparece en escena sino como imagen proyectada en pantalla.
Ese cuerpo desnudo, ampliado y suspendido, irrumpe como una presencia espectral. No es un Aquiles tangible, sino un reflejo: un objeto de deseo inalcanzable que Patroclo contempla sabiendo que lo perderá. La proyección lo convierte en un ídolo y, al mismo tiempo, en ausencia.
La imagen funciona como espejo y condena. Patroclo se mide frente a esa figura idealizada y se deshace en su contemplación. El recurso escénico acentúa la tensión entre lo que se toca y lo que permanece inaccesible: mientras D’Alessandro habita la escena con su cuerpo, la silueta de Aquiles recuerda que todo amor está atravesado por la distancia y que todo deseo se sostiene en la imposibilidad.
Tantanian quiebra la linealidad clásica y propone una experiencia visual y sensorial en la que la pantalla no actúa como fondo, sino como espacio dramático. Allí se inscribe el mito a partir de imágenes, textos, voces y silencios que desplazan la épica hacia lo performático. Lo queer no está sólo en el contenido, sino en la forma de narrar: fragmentaria, disidente, disruptiva.
Así, En mitad de tanto fuego se mueve entre la materialidad del cuerpo y la evanescencia de la imagen, mostrando que lo invisible también arde: el deseo inseparable de la pérdida, el amor ligado a la herida, la vida unida a la muerte.