Festival de Cannes - Competencia Oficial
Crítica de "Resurrection": Bi Gan y la aparatosidad como forma de representación fílmica
La última producción escrita y dirigida por Bi Gan, una ciencia ficción detectivesca protagonizada por Jackson Yee y Shu Qi, se presentó en el 78.º Festival de Cine de Cannes.
Decía Orson Welles al llegar a Hollywood que el cine era el tren eléctrico más fabuloso con el que se podía jugar. Bi Gan lo tiene muy claro, tal y cómo demostró en su segundo largometraje, Long Day’s Journey into Night, cuyos 50 minutos finales eran un único plano secuencia complejísimo y en 3D. En la época de los efectos digitales a Bi Gan aún le gustan más los trenes eléctricos y los parques de atracciones a la antigua usanza, con el estudio como principal elemento con el que jugar.
Resurrection eleva la apuesta de su película anterior, proponiendo una suerte de viaje a través de la historia del cine en la que en la práctica prescinde de los personajes y el relato. Es así que la película comienza como una de Guy Maddin (un homenaje al cine mudo) para ir pasando después por media docena de episodios, cada uno en un formato de proyección y estilo distintos, para culminar de nuevo en un largo plano secuencia (40 minutos, he leído por ahí) que no es otra cosa más que el clímax de una forma en la que la trama y el movimiento de cámara se aúnan. Dicho de otro modo: todo conduce a ese gran plano secuencia que en su segunda parte sale por fin al exterior y se abre a nuevos horizontes, en lo que es un homenaje nada velado a L’Atalante de Jean Vigo.
Porque esta es una película que acumula citas (El regador regado, dos veces, por ejemplo) dentro de un universo claustrofóbico y nocturno, de tal modo que lo que quiere ser una celebración del cine, acaba convertida en una elegía fúnebre. De hecho, desde su mismo título se diría que celebra la capacidad del cine para resucitar a los muertos, pero ese mundo que crea y en cuyo centro está el personaje que sirve como hilo conductor, Fantasmer, tiene algo de mortuorio, como si todo lo que nos mostrase Bi Gan estuviera conservado en formol.
Durante toda la proyección no pude quitarme de la cabeza la película de Sokurov, El arca rusa, que nos proponía un viaje por la historia rusa reconstruida y evocada en las salas del Hermitage de San Petersburgo. Todo ello también en un único plano secuencia de 100 minutos (los albores de la tecnología digital) y con un personaje, el Europeo, que acompañaba al invisible narrador y que al que me ha recordado el Fantasmer que en la película de Bi Gan adopta distintas personalidades, como si se tratase de un vampiro que viaja a través de los siglos. Porque, efectivamente, Resurrection acaba con un vampiro.
Lo que me pregunto es si, vistos sus fines, era necesaria tanta aparatosidad, si el cine no podría ser algo más sencillo que no necesitase de tanto presupuesto, de tantos medios, de tanto virtuosismo. La respuesta en la última película de la competición de Cannes 2025: The Mastermind, de Kelly Reichardt.