Salas
Crítica de "El casero": Matías Lucchesi y una casa tomada por fantasmas propios
En "El casero", Matías Lucchesi vuelve a explorar los vínculos fracturados en una historia donde un viejo casero y dos hermanos perdidos en sus propias ruinas emocionales disputan las sobras de un pasado que ya no alcanza.
La casona en Villa Carlos Paz los espera igual que hace años, pero también completamente distinta. Marcela (Paola Barrientos) y Claudio (Alfonso Tort) arriban cargados de proyectos, urgencias y frustraciones: ella, arquitecta de prestigio, necesita rehacerse después de un matrimonio roto en Estados Unidos; él, dramaturgo errante, persigue la última chance de escribir algo que lo saque del circuito off de sus propias miserias.
Ambos creen que el viejo hogar familiar podrá convertirse en un hotel boutique, ese último fetiche inmobiliario que promete exorcizar el pasado a fuerza de diseño minimalista y servicios premium.
Pero en su ausencia, Ramón, el antiguo casero que los crió como un padre ausente, encontró su propia manera de habitar la casa: la alquila, la usa, la vive. Como si el tiempo y la falta de escrituras legales fueran suficientes para reclamar lo que alguna vez creyó suyo.
Matías Lucchesi, en El casero (2024), no inventa nuevos fantasmas pero sí les da una puesta en escena más contenida que efectista. La película se instala cómodamente en la tradición del cine argentino intimista, donde los dramas familiares, las herencias emocionales y la lucha de clases subterránea encuentran campo fértil.
Las comparaciones con Los dueños (Agustín Toscano y Ezequiel Radusky, 2013) son inevitables, pero mientras aquella narraba la usurpación con humor ácido, aquí se impone el tono melancólico. Córdoba, con su cielo vasto y su paisaje de sierras, aparece como una metáfora de la promesa incumplida: tanto de un país como de sus protagonistas.
Lucchesi elige no dar grandes discursos ni cerrar todas las heridas. Prefiere sugerir: que la pertenencia es apenas una ilusión de papeles, que la memoria no se puede hipotecar y que, al final, nadie puede reclamar la propiedad exclusiva de un pasado compartido.
En tiempos donde el mercado todo lo transforma —casas, afectos, recuerdos—, El casero se atreve a plantear, aunque de manera sutil, una pregunta incómoda: ¿quién tiene derecho a apropiarse de la nostalgia?
No todo en el guion logra la solidez deseada: ciertos baches narrativos y algunos golpes de efecto reducen la potencia de un conflicto que, por momentos, se vuelve reiterativo. Aun así, el gesto es loable. Lucchesi entiende que la verdadera toma no ocurre en los muros de ladrillo, sino en ese territorio mucho más volátil que son los afectos.
El casero habla de lo que queda cuando todo se pierde: una casa vacía, unos lazos desgastados y la incómoda certeza de que, a veces, la mayor usurpación es la que uno mismo se inflige.