Gaumont
Crítica de "Oda amarilla": Lucía Paz y un retrato íntimo de memoria y familia
"Oda amarilla" explora el vínculo entre madre e hija a través de un viaje a los recuerdos familiares. Con una cámara testigo y una estética onírica, la película se sumerge en los efectos del Alzheimer temprano en la madre de la directora y muestra el mar como símbolo del paso del tiempo y la memoria.
Lucía Paz presenta un documental que es tanto un viaje introspectivo como una reflexión sobre el poder de la memoria familiar. El eje central de la historia es la relación con su madre, quien enfrenta un diagnóstico de Alzheimer temprano. Con la intención de preservar recuerdos y capturar momentos significativos, madre e hija emprenden un viaje hacia los lugares de la infancia de la madre, reviviendo etapas y conectando con el pasado a través de encuentros con familiares y lugares icónicos.
Oda amarilla (2024) se desarrolla como un relato íntimo, construido a partir de conversaciones y experiencias compartidas. La cámara de Paz actúa como testigo silencioso, enfocándose en rostros y miradas que revelan un mundo emocional. Este enfoque visual, centrado en los detalles y la expresión, resalta cómo la memoria se refleja en lo cotidiano. El mar, recurrente en el metraje, se convierte en un símbolo poderoso del flujo del tiempo y la persistencia de los recuerdos.
La conexión entre Lucía y su madre va más allá de las palabras, centrándose en el lenguaje no verbal: miradas, gestos y momentos de silencio que dicen más de lo que cualquier diálogo podría expresar. Esta comunicación visual es el corazón del documental, mostrando cómo el Alzheimer afecta no solo a quien lo padece, sino también a su entorno.
Oda amarilla explora cómo el pasado puede unirse al presente a través de recuerdos compartidos. Las imágenes de archivo, los paisajes marítimos y las conversaciones profundas entre madre e hija crean un mosaico de momentos significativos que buscan capturar lo efímero de la memoria antes de que se desvanezca. En este sentido, la película no solo es un homenaje a una madre, sino a toda una familia y a la resiliencia de los vínculos.
Con un estilo documental que combina elementos urbanos y oníricos, Lucía Paz consigue construir un relato visualmente impactante, con un ritmo propio que invita al espectador a reflexionar sobre su propia relación con el tiempo, la memoria y el legado familiar.