Gaumont
Crítica de "Atahualpa Yupanqui, un trashumante”, con un enfoque humano y no idílico
Las palabras del propio Yupanqui, para quien el campo y el caballo fueron su gran Universidad, lo muestran tal cual, de manera rigurosa: “Soy hijo de criollo y vasco, llevo en mi sangre el silencio del mestizo y la tenacidad del vasco”. El director Federico Randazzo Abad concretó con esta ópera prima un largometraje que excede la figura mítica del cantor y guitarrista para confrontar a un ser de carne y hueso que ha andado muchos caminos.
No ha sido mucha la participación de Atahualpa Yupanqui en la pantalla del cine argentino. Más bien poco y casi nada. Crease o no, tratándose de quien aún hoy sigue siendo la personalidad más emblemática, más respetada, más recordada y más escuchada de todo el ámbito musical folklórico. Y no es solamente un autor, compositor, notable ejecutante de la guitarra, es un escritor, un decidor, un conocedor de filosofía y cosmovisión de los pueblos originarios y de historias de criollos. Solamente tres films de ficción lo han tenido con personajes específicos en papeles de reparto, algunos más importantes que otros. En primer lugar está Horizontes de Piedra (1956) de Román Viñoly Barreto, que no solamente fue su debut en el cine, sino que también la historia del film le pertenecía, dado que fue una adaptación de su primer libro “Cerro Bayo” (1946) una novela de costumbres (antes había publicado “Piedra sola” un poemario de 1941). Allí su personaje era Mamaní, un hombre de a caballo que queda solo y cuando emprende la partida le dice a Senda (a cargo de Julia Sandoval), su frase mítica e histórica: “El hombre es tierra que anda”.
Tres años después llegaría Zafra de Lucas Demare con Graciela Borges y Alfredo Alcón, también rodada en Jujuy, y nuevamente con Don Ata interpretando temas propios tanto en la banda sonora como frente a la cámara. Aquí asume el rol del Doctor, que cuida a los obreros zafreros. Finalmente aportaría su decir en payadas o su canto en la película Cosquín, amor y folklore (1965) de Delfor María Beccaglia, que era una ficción con canciones interpretadas por los más destacados artistas del folklore, y con las actuaciones de Elsa Daniel, Atilio Marinelli y Ante Garmaz. Siendo Yupanqui un paisano de la zona que dialoga con el personaje de Marinelli, junto al Río Cosquín. El resto se divide en films musicales, con sus respectivas cabalgatas y paisajes de la Argentina, con notorios intérpretes en su mayoría del folklore, y también del tango y otros ritmos.
Es por todo esto que este documental exclusivamente dedicado a Héctor Roberto Chavero es en sí mismo un acontecimiento cultural, un acto de guía fundamental para entender al hombre y a su obra. Es pues que Federico Randazzo Abad, debutante en el largometraje para cine pero muy experimentado en audiovisuales entre cortos, ficciones, documentales, series y programas especiales para la Televisión y el Cable; ha llevado a cabo, luego de diez años de elaboración, investigación, búsqueda de materiales, entrevistas, y varios afines más; una obra que registra de manera contundente, magistral y no excluyente, el acercamiento a la poderosa obra de Atahualpa. Seguramente no está todo su trajín, sus palabras, su labor, algo imposible de juntar y catalogar. Pero lo que está es mucho, muy importante, muy trascendental, muy nuestro. Es que Yupanqui es un nombre, un apellido, una marca si se quiere, con la cual cualquier argentino puede andar por el mundo (como él solía hacerlo) con orgullo, frente en alto y hasta el placer de ser un agente de difusión de sus canciones, de sus entrañables temas. Y por ende, trasmisores de la cultura y el acervo nacional.
Randazzo Abad no se ha acercado a colegas y demás intérpretes de la música, sino que ha optado –a partir de los suculentos e increíbles archivos sonoros, audiovisuales, fotográficos y escritos- por escudriñar en los conocimientos, estudios e investigaciones de académicos, periodistas, intelectuales, pensadores. Cada quien aportando su cuota de erudición. Y así desfilan el prolífico escritor platense Sergio Pujol, un especialista en personajes de la música en general y autor del libro "En nombre del folklore: biografía de Atahualpa Yupanqui" (2008). O la investigadora tucumana Yolanda Fabiola Orquera, una experta en estudiar a coprovincianos como Gerardo Vallejo y Leda Valladares, pero aquí solo dedicada al pergaminense Yupanqui. También está el periodista y folklorólogo sanducero Schubert Flores Vasella (coautor junto a Héctor García Martínez del libro “Hombres y caminos. Yupanqui, afiliado comunista”, 2012). Y voces extranjeras como el parisino Patrick Clonrozier, quien junto a su mujer Martine han elaborado el catálogo más minucioso sobre la obra de A.Y. también residente en París, Jean-Marc Gardeux, un artista plástico que hace muchos años solía hacer reportajes a personajes de la cultura, y tuvo una charla de muy joven con Don Ata y que no fue del todo llevadera. El musicólogo y crítico musical japonés Jiro Hamada (quien falleció durante el rodaje del film), que solía tomar mates en su casa con la presencia de su amigo argentino. Y Jacqueline Rossi, su gran amiga y asistente en París, durante muchos años, y que lo vió fallecer la noche del 22 al 23 de mayo de 1992.
Claro que el principal articulador e impulsor de este film es Roberto “Coya” Chavero, heredero de Don Ata y único hijo de su matrimonio con Antonietta Paule Pepin Fitzpatrick (Nenette). Chavero es desde 2003 el presidente de la Fundación Atahualpa Yupanqui (creada en 1987 por A.Y. y presidida por entonces por su mujer Nenette) y siendo el poseedor de la historia de su padre, la necesidad de digitalizar toda esa información y archivos, lo llevaron a conectarse con el director a quien conoció de mucho más joven. Todas las colecciones, ficheros y registros de ese Museo son los principales sustentos del film. El mismo se encarga de abrir arcones, buscar y escudriñar sobres, ver fotos, revistas, diarios, recortes, archivos audiovisuales, archivos de audio. La base de los testimonios grabados son las voces de A.Y., y de Nenette, quien a su vez firmaba algunas de las composiciones con letra de Atahualpa, como Pablo del Cerro. Más allá de algunas o varias interpretaciones se dice que firmaba con seudónimo de varón y en castellano, para protegerla a ella del machismo imperante en el mundo del folklore, y también de su origen francés para que no se lo tome como composiciones de un extranjero. Otros materiales grabados y rodados son de la folkloróloga y compositora porteña Isabel Aretz, con imágenes cedidas por el profesor y etnomusicólogo Mario Silva. Ella es la primera que nos lleva a relacionar la topografía de la música originaria, siendo Don Ata quien la ejecuta y la reinterpreta.
Para hacer fluir todas estas historias, el propio director Federico Randazzo Abad, junto al editor Mario Bocchicchio, se han encargado de compaginar de forma notable, llevadera y constante el montaje entre fotos fijas, audios e imágenes inéditas, frases contundentes de entrevistados o tomados de registros sonoros, produciendo un afable fluir de la narración y metiéndonos sabiamente en la comprensión de los acontecimientos. Uno de esos enunciados definitorios lo dice Atahualpa y lo caracteriza de manera integral: “Si yo canto una pena mía particular, no tiene ningún interés, en general no tiene aceptación, no le duele a la gente. Pero si lo que yo canto o digo o escribo en coplas es un problema de mucha gente, entonces si el pueblo dice: este hombre nos representa, este hombre nos canta a nosotros”.
Y cómo dijimos, en este film no está “todo” Yupanqui, pero sí hay mucho y diverso. Sus parejas amorosas con la docente Lía Valdez y la pianista franco canadiense Nenette Pauline Fitzpatrick. Su afiliación al Partido Comunista el 1° de setiembre de 1945. La persecución vivida con el gobierno peronista, que lo prohibió y hasta encarceló en varias ocasiones. Su primer exilio en 1948 viajando a París, y entre otras cuestiones teniendo a la inolvidable Edith Piaf como su madrina musical en 1950 (“Extraordinario honor que no lo olvidaré ni lo podré pagar jamás. De esas deudas que quedan…que quedan”, afirmó A.Y.). Su recorrida por Hungría, Rumania y Bulgaria y con ganas de llegar a Rusia. A su regreso acepta los planteos del gobierno peronista para poder continuar su carrera musical. Y se desafilia del PC en 1953. Vuelve a viajar siempre con una valija, un maletín o un bolso en su mano. Viaja a Japón y repite esas visitas durante muchas veces en la década del 60. Siempre anduvo transitando por el mundo, recorriendo países y el director nos lo muestra con planos generales, con travellings yéndose o llegando. Nuevamente: “El hombre es tierra que anda”.
Aunque buena parte de sus repertorio incluye temas tranquilos, con aires de zamba, y candidez en el decir; Atahualpa Yupanqui no era ningún pan de Dios. A veces hasta podía sonar intratable. Yupanqui era directo, parco, frontal. Y hay tres momentos muy duros en el film: su relación con un joven reportero francés que lo va a entrevistar. Cuando tiene que grabar un programa en París. Y el regreso en 1971 con un periodista argentino a quien le dice “Usted hace esas preguntas, aguántese las respuestas”.
Es la Provincia de Córdoba la que sin duda mantiene y proyecta su gran legado. Por un lado en Cosquín el mítico escenario principal del Festival Nacional de Folklore lleva desde enero de 1972 el nombre el de Atahualpa Yupanqui. Y por el otro está en aquel paraje mágico del norte de Córdoba, en Cerro Colorado, el Centro Cultural Agua Escondida, sede de la Fundación Atahualpa Yupanqui (FAY). Esa fue su casa que era prácticamente el único lugar donde hacían vida familiar Atahualpa, Nennette y Roberto “El Coya”, su hijo.
Siempre cabalgó como un caballo libre. Como bien lo dicen las Coplas de baguala del Valle Calchaquí: Malhaya con mi destino, caminar y caminar, siempre ando por todas partes. Atahualpa Yupanqui, un trashumante.