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Crítica de "La Yegua de Troya (Existimos, les guste o no)": Maite Amaya y el archivo inabarcable de una disidencia

"La Yegua de Troya (Existimos, les guste o no)", dirigida por Santiago Sarmiento, examina la memoria de la militante travesti Maite Amaya mediante una rigurosa articulación entre archivo, testimonio y collage que evita convertir el homenaje en un monumento inalterable.

Crítica de "La Yegua de Troya (Existimos, les guste o no)": Maite Amaya y el archivo inabarcable de una disidencia
viernes 30 de octubre de 2026

El cuerpo de Maite Amaya no encuentra un contorno donde terminar porque su figura se prolonga tanto en los registros de sus intervenciones callejeras como en los gestos de quienes la rodearon. La película de Santiago Sarmiento toma como punto de partida la tarea colectiva de recordarla, situando el conflicto en la tensión entre la urgencia de preservar su legado y la persistencia de las estructuras de exclusión contra las que batalló. Maite transita múltiples espacios —como militante social, piquetera, feminista y anarquista— sin que el documental reduzca su trayectoria a una biografía lineal de casilleros estancos. Las compañeras y amigas que la evocan articulan un relato donde la organización, la calle y los afectos operan como dimensiones inseparables de una misma práctica política.

Los testimonios se anclan en escenarios concretos —patios poblados de plantas, paredes tapizadas de consignas e interiores donde las banderas conviven con la cotidianidad—, lo que impide que los sujetos queden aislados de su entorno material. Sarmiento filma la memoria a través de las marcas de uso, los objetos y los rastros de acción, desplazando el retrato individual hacia una construcción comunitaria. El archivo audiovisual recupera la voz y los movimientos de Maite con una urgencia que dialoga con los documentales contemporáneos sobre activismo disidente, evitando la solemnidad y devolviendo al espectador la fricción de una época atravesada por la confrontación y la supervivencia.

El uso del collage y de las figuras ensambladas a partir de fragmentos traslada esa premisa hacia una dimensión plástica que expone tanto sus aciertos como sus limitaciones. Cuando la película recurre a montajes de engranajes y referencias mediáticas para representar la maquinaria opresiva, arriesga una esquematización que reduce los mecanismos del poder a un emblema visual unívoco. Sin embargo, la obra recupera densidad analítica en cuanto regresa a los rostros y a los espacios transitados, donde la multiplicidad de voces introduce matices que el símbolo abstracto tiende a aplastar. Lejos de buscar una síntesis armoniosa, el montaje expone las contradicciones de una identidad construida desde la alianza y la desobediencia.

Sarmiento consigue que la evocación funcione como un interrogante sobre los modos en que el pasado interpela al presente, privilegiando la disputa colectiva por sobre la santificación biográfica. Su logro reside en aceptar que ninguna forma de representación puede contener por completo una existencia indócil, prefiriendo dejar la puerta abierta a las tensiones que aún atraviesan el tejido social. La memoria todavía toma la calle.

6.0
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