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Crítica de "El despertar": la selva colombiana impone sus reglas
Una misión militar y una expedición de conquistadores se enfrentan, con cinco siglos de distancia, a una presencia que domina el territorio. La película colombiana sostiene el cruce entre acción y terror desde la puesta en escena, aunque los saltos temporales y el desarrollo de los personajes limitan su alcance.
En El despertar (2026), saber combatir no garantiza saber sobrevivir. Una unidad militar se interna en la selva para cumplir una misión y descubre que sus armas, sus comunicaciones y su cadena de mando sirven de poco frente a una amenaza que desconoce. El terror nace de ese desplazamiento: quienes ingresan al territorio preparados para ejercer la fuerza terminan sometidos a unas reglas que no pueden comprender ni controlar.
La película colombiana, cuya dirección comparten Jaime Osorio Márquez, Federico Durán y José Luis Rugeles, articula esa experiencia con una expedición de conquistadores españoles ocurrida cinco siglos antes. Dos incursiones, separadas por el tiempo, encuentran una presencia que desarma sus pretensiones de dominio. La relación entre ambas permite leer el territorio como algo más que el escenario de una persecución: allí persiste aquello que los recién llegados creen poder someter.
El funcionamiento del grupo militar sostiene el comienzo. Las órdenes, la comunicación bajo presión y la coordinación de los desplazamientos establecen una lógica que el espectador aprende a reconocer. Esa construcción resulta decisiva cuando la misión pierde su rumbo. Antes de mostrar la caída del control, la película se ocupa de explicar cómo se organiza y de qué depende.
La selva interviene en ese proceso. La vegetación restringe la mirada, dificulta la orientación y vuelve incierta la distancia entre los soldados y aquello que los acecha. La puesta en escena encuentra allí su principal recurso: cada avance puede convertirse en una exposición al peligro. El espacio deja de ofrecer referencias y obliga al grupo a reaccionar ante lo que apenas alcanza a percibir.
En esos pasajes, El despertar trabaja el miedo desde los límites de la visión. La amenaza pesa por lo que permanece fuera de campo y por la imposibilidad de anticipar su siguiente movimiento. El contraste entre los procedimientos del equipo y una presencia que los vuelve inútiles alimenta la tensión sin exigir que la mitología se explique a cada paso.
La alternancia entre épocas amplía esa idea, aunque también introduce un problema de ritmo. El pasado permite reconocer una repetición: otros hombres ingresaron antes con armas y objetivos, y tampoco pudieron imponer su voluntad. Sin embargo, los regresos a la expedición interrumpen en ocasiones la urgencia de la operación militar. La conexión entre las dos historias se entiende antes de que el montaje termine de desarrollarla, y algunas transiciones reiteran lo que ya sabemos en lugar de aumentar la incertidumbre.
Algo semejante ocurre con los personajes. El elenco sostiene la dinámica del grupo y hace creíbles sus respuestas ante el peligro, pero el guion les concede poco espacio fuera de la función que cumplen en la misión. Reconocemos sus posiciones dentro de la unidad con mayor facilidad que sus deseos o sus conflictos. Esa distancia tiene consecuencias: a medida que empiezan las muertes, la reducción del equipo pesa más como mecanismo de la trama que como pérdida.
La película también se vuelve previsible cuando se afianza la persecución. La búsqueda de refugio y la espera de refuerzos responden a una progresión que el relato apenas altera. La pregunta por quién logrará sobrevivir ocupa entonces el lugar de otras posibilidades que el cruce entre conquista, violencia y territorio había abierto.
La relación con Depredador aparece en esa inversión de posiciones: un grupo entrenado para atacar descubre que está siendo cazado. El despertar incorpora a ese esquema una dimensión histórica que permite pensar la violencia como una insistencia sobre el mismo espacio. Allí encuentra una vía para construir su identidad, aunque no siempre consigue llevar esa lectura más allá del paralelismo entre las dos incursiones.
El resultado se sostiene en la organización de la acción y en el uso de la selva como una trampa que deshace las certezas del grupo. Sus límites aparecen cuando necesita convertir ese peligro en una experiencia que también comprometa los vínculos y la historia de quienes lo atraviesan. El despertar consigue mostrar cómo se derrumba una operación militar; le cuesta más hacer que cada muerte importe por algo más que su lugar dentro de la cacería.