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Crítica de “La muerte de Robin Hood”: Hugh Jackman y un western crepuscular trasladado a la Edad Media

El director de “Pig” entrega otro relato existencial sobre un personaje maldito que busca la expiación del alma.

Crítica de “La muerte de Robin Hood”: Hugh Jackman y un western crepuscular trasladado a la Edad Media
miércoles 19 de agosto de 2026

“Solo busco una muerte digna”, dice un veterano Robin Hood, alejado de cualquier rasgo heroico, al comienzo de La muerte de Robin Hood (The Death of Robin Hood, 2026). Desde esa frase, Michael Sarnoski, director de Pig (2021), con Nicolas Cage, y Un lugar en silencio: Día uno (A Quiet Place: Day One, 2024), deja en claro que no está interesado en contar la caída de un héroe, sino el derrumbe del hombre que alguna vez fue convertido en leyenda. Su película toma una de las figuras más populares de la cultura occidental para construir un relato áspero y existencial sobre la violencia, la culpa y la posibilidad de redención.

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En el siglo XIII, Robin Hood (Hugh Jackman) es un legendario forajido envejecido, herido y atormentado por sus crímenes. Vive en soledad, lejos de la imagen del héroe que roba a los ricos para ayudar a los pobres. En esta versión, Robin es un asesino que carga incluso con la muerte de mujeres y niños y que ya no encuentra sentido en continuar viviendo. Después de participar en una matanza a pedido de su compañero, el pequeño Juan (Bill Skarsgård), queda gravemente herido y termina bajo el cuidado de la hermana Brigid (Jodie Comer), una priora que le ofrece una compasión inesperada.

La abadía se convierte entonces en el espacio donde comienza su verdadero enfrentamiento. Ya no se trata de luchar contra un enemigo o defender una causa, sino de mirar de frente aquello que hizo. La presencia de la hermana Brigid introduce, además, una dimensión religiosa que atraviesa todo el relato. La culpa, el perdón y la expiación dejan de ser conceptos abstractos para convertirse en preguntas concretas para un hombre que parece haber perdido cualquier posibilidad de redimirse. 

Sarnoski filma ese proceso con una crudeza desoladora. El frío, el hambre, las heridas y la violencia extrema tienen una dimensión física que hace que el sufrimiento del protagonista atraviese la pantalla. La naturaleza tampoco funciona como un paisaje romántico, sino como una extensión de la hostilidad que domina su existencia. Las colinas, el barro, la oscuridad y las condiciones climáticas contribuyen a construir un universo en el que sobrevivir parece, en sí mismo, una forma de condena.

En ese sentido, La muerte de Robin Hood encuentra un vínculo evidente con el cine de Robert Eggers. Los personajes viven en un mundo en el que las creencias organizan la existencia y los mitos funcionan como una forma de darle sentido a una vida atravesada por la hambruna, el miedo y el dolor. El Robin Hood de Sarnoski es un fantasma obligado a contemplar la oscuridad que existe detrás de su propia imagen. La amenaza de los descendientes de sus víctimas, que buscan justicia, refuerza esa sensación de que el pasado nunca desaparece. Por eso, la redención adquiere una dimensión casi religiosa. 

La película también puede leerse como un western crepuscular trasladado a la Edad Media. Robin es el pistolero envejecido que ha sobrevivido demasiado tiempo, un hombre perseguido por sus propios actos. Hugh Jackman resulta fundamental para sostener esa transformación. El actor utiliza aquí su cuerpo para expresar agotamiento, fragilidad y derrota. Así, la figura del mítico forajido se utiliza para hablar de algo más profundo que el final de una leyenda.

7.0
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