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Crítica de "Todos los lados de la cama": un regreso atrapado en su propia nostalgia
La nueva entrega de la saga iniciada en 2002 recupera personajes clásicos para discutir vínculos, sexualidad y modelos afectivos en clave generacional.
Dirigida por Samantha López Speranza y escrita por Carlos del Hoyo e Irene Bohoyo, Todos los lados de la cama (2025) retoma el universo iniciado por Emilio Martínez-Lázaro en El otro lado de la cama (2002) y continuado en Los dos lados de la cama (2005). Dos décadas después, Javier (Ernesto Alterio) y Carlota (Pilar Castro) descubren que sus hijos, Óscar (Jan Buxaderas), quien hasta cinco miunutos antes se definía como gay, y Julia (Lucía Caraballo), quieren casarse bajo un esquema monógamo y tradicional. La película invierte así el conflicto de las entregas originales: ahora son los padres quienes rechazan las formas clásicas del amor mientras los jóvenes buscan estabilidad emocional.
A partir de allí, la película intenta dialogar con las discusiones actuales sobre sexualidad, parejas abiertas y nuevas dinámicas afectivas sin perder el tono de comedia coral que definió a la saga. Sin embargo, más que confrontar generaciones, el relato expone el desconcierto de personajes que hicieron de la libertad un discurso permanente y ahora no saben cómo reaccionar frente a hijos menos interesados en romper estructuras. Ese desplazamiento resulta uno de los aspectos más interesantes del film, sobre todo cuando deja de explicar ideas y permite que las contradicciones aparezcan en los cuerpos, las miradas y los silencios.
El regreso de Natalia Verbeke, Alberto San Juan, María Esteve, Secun de la Rosa y Guillermo Toledo —presente desde una dimensión espectral— conecta con la memoria afectiva de quienes crecieron con las primeras películas. Sin embargo, esa nostalgia también termina jugando en contra: varias escenas se sostienen más en el recuerdo de la química original que en una verdadera evolución dramática, mientras el humor pierde frescura. Incluso los números musicales, que en las entregas anteriores surgían con naturalidad dentro del relato, aquí aparecen más rígidos, como una extensión inevitable de una fórmula que intenta reencontrarse con su propio pasado.
En lo visual, Todos los lados de la cama adopta una estética funcional, cercana a ciertas comedias televisivas contemporáneas, priorizando el ritmo antes que la construcción de climas. Aun así, encuentra momentos genuinos cuando abandona el comentario generacional explícito y observa el desgaste íntimo de personajes que envejecieron sin revisar sus propias certezas. Allí la película encuentra algo de verdad: habla menos de sexo o diversidad que del miedo a aceptar que el tiempo modifica incluso las ideas que alguna vez parecían irrebatibles.
Aunque conserva el carisma del elenco y algunas observaciones agudas sobre los vínculos actuales, esta tercera entrega nunca alcanza la frescura ni la irreverencia de las originales. Mientras aquellas películas utilizaban la comedia musical para desafiar convenciones románticas, aquí el relato parece más pendiente de reencontrarse con su pasado que de construir una mirada nueva sobre el presente. El resultado es irregular, aunque deja entrever, detrás de sus tropiezos, cierta melancolía por una generación que alguna vez creyó tener todas las respuestas sobre el amor