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Crítica de "Emoji: La película": Incomunicados

Hace algunos años hubiese sido impensada una película, live action o de animación, que tomara una aplicación, sistema, o tecnología, como disparador narrativo y mucho menos que ese punto sirviera para construir un producto cinematográfico. "Emoji: La película" (Emoji the movie, 2017) de Tony Leondis tiene la difícil función de hacerlo y se queda a medio camino entre la literalidad de la traducción y la simple y banal transposición sin fundamentos en sí misma.

Crítica de "Emoji: La película": Incomunicados
viernes 08 de mayo de 2026

Si de incomunicación y dependencia se trata, los teléfonos móviles lograron imponer en la vida cotidiana un modo de relacionarnos en ausencia que excede ampliamente la simple llamada. Entre esas “utilidades”, el teclado de emoticones o emojis permitió transmitir ideas y conceptos de manera inmediata mediante imágenes o dibujos, reforzando aquella premisa de que una imagen vale más que mil palabras. Sin embargo, eso no impide que, en muchas ocasiones, ese mecanismo icónico —cercano a la metonimia— termine configurando un universo completamente distinto, alterando el propio proceso comunicacional y discursivo. Porque, aunque los emojis habiliten formas expresivas diferentes a las palabras, también condensan sentidos, simplifican emociones y reducen la complejidad del lenguaje a una sucesión de símbolos rápidos y descartables.

Con una historia inspirada en esos pequeños dibujos que ya trascendieron el teclado, y tomando como referencia las múltiples narraciones sobre personajes que se rebelan contra el orden establecido (Antz, Bichos), Emoji: La película construye el recorrido de Gene, un emoticón incapaz de responder a una única expresión, que busca diferenciarse de sus padres y del sistema que lo rodea. Desde allí, la película intenta desarrollar una lección sobre la diferencia y la aceptación individual. Claro que, dentro de esa lógica de “normalidad”, la anomalía se convierte en amenaza: cuando su disfuncionalidad es detectada, Gene deberá escapar y asociarse con una hacker que lo ayudará a romper las reglas del universo digital en el que vive.

Hay canciones, estímulos visuales y humor permanente, pero detrás de esa acumulación no aparece una verdadera construcción narrativa. El guion privilegia la estridencia antes que el desarrollo dramático, el efecto inmediato por encima de la progresión de los personajes, y convierte la historia en un recorrido caótico por aplicaciones y espacios digitales que terminan funcionando como una sucesión de referencias sin cohesión. Paradójicamente, al tratarse de personajes nacidos de la simplificación extrema del lenguaje, la película también termina reduciendo su propio discurso a una acumulación de guiños y movimientos frenéticos que rápidamente se agotan.

A eso se suma una galería de personajes secundarios —el emoji de la caca, los animales, los íconos de baile— que aparecen como accesorios dentro de una dinámica sostenida por el reconocimiento inmediato antes que por la función narrativa. Incluso, en la versión doblada al castellano, se pierden las voces originales de actores como Patrick Stewart, James Corden, Maya Rudolph, Anna Faris, Sofía Vergara o Sean Hayes, detalle que diluye parte de la identidad de varios personajes.

Tal vez los espectadores más pequeños, habituados a este tipo de comunicación inmediata y fragmentaria, encuentren un vínculo más cercano con la propuesta de Emoji: La película. Pero quienes intenten encontrar en las desventuras de Gene algo más que una acumulación de estímulos digitales descubrirán una serie de situaciones dispersas, incapaces de conformar un relato consistente. Como los propios mensajes cargados de emojis, la película parece diseñada para consumirse rápido y desaparecer con la misma velocidad.

3.0
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