Festival de Cannes 2026

Crítica de “La Vénus électrique”: fantasmas, deseo y engaño en el París de entreguerras

Pierre Salvadori inaugura el Festival de Cannes con una fábula romántica y melancólica que mezcla humor, espiritismo y pasión trágica.

Crítica de “La Vénus électrique”: fantasmas, deseo y engaño en el París de entreguerras
miércoles 13 de mayo de 2026

La “Venus electrocutata” a la que alude el título de la película de Pierre Salvadori que ha inaugurado la 79º edición del Festival de Cannes es una atracción de feria. En él una mujer, en este caso Suzanne (Anaïs Demoustier), sufre descargas eléctricas cuando la besan. Por supuesto, como todo en la feria, la atracción tiene su truco: la electricidad es verdadera, generada desde detrás del escenario y no por una inocente Suzanne que poco a poco los está sufriendo en sus propias manos. En la feria también trabaja una medium, Claudia, con la cual Suzanne es confundida por un pintor, Antoine Balestro (Pio Marmai), que busca contactar con su amante muerta recientemente, Iréne.

Estamos en el París de 1928, cuando los coches y los tranvías son escasos, por más que tendrán su importancia a la hora de desvelar el misterio que anida en esta historia de amor trágica, y el furor tecnológico es tan incipiente como ingenuo. Porque La Vénus électrique es en el fondo una película sobre la inocencia, esa que nos permite creernos todo cuánto sucede en una barraca de feria, pero también sobre lo azaroso. Ese que lleva a Antoine hasta Suzanne y nuestra Venus, con la complicidad y mediación del marchante de Antoine, Armand (Gilles Lelouche), decida seguir con las sesiones una vez comprueban que gracias a ellas Antoine ha vuelto a pintar. Suzanne será para Antoine una Iréne rediviva, literalmente, y para Armand una inversión más que necesaria.

Suzanne tiene algo de los personajes femeninos de la screewball comedy, del mismo modo que la película de Salvadori se mueve en los terrenos del humor amable (su especialidad) al menos hasta que la pasión romántica se adueña de la trama. Sucede cuando Suzanne accede por casualidad, otra, a los diarios de Iréne, guardados bajo llave en un escritorio. En un primer momento son una fuente de información con la que Suzanne puede hacer más creíble su “Iréne”, hasta que la verdadera Iréne se encarna (Vimala Pons) y las páginas del diario se convierten en una historia paralela, la de un amor romántico y pasional que, en su vertiente fantasmal, remite por momentos a clásicos de Hollywood de amores desaforados que se mueven entre la vida y la muerte: Peter Ibbetson (1935), The Ghost and Mrs. Muir (1947), Portrait of Jennie (1948), pero también, cómo no, Vertigo (1958), pues esa proyección de una mujer idealizada que realizan tanto Suzanne como Antoine (y, luego veremos, también Armand) debe mucho al clásico de Alfred Hitchcock.

Ni que decir tiene que, a raíz de esta idealización a partir de la lectura de los diarios, Suzanne termina enamorándose de Antoine, por más que esta farsa esté expuesta a imprevistos y sucesivos giros narrativos, al fin y al cabo el engaño es consustancial a su mismo punto de partida. De ahí también que la historia más poderosa que anida en La Vénus électrique sea la de Irène, pues es la que está más despojada de mentiras (aunque esconda también la suya), la que muestra (junto al propio Armand, no por casualidad) al personaje más consciente de sus actos, el más inteligente, se podría decir, hasta el punto de que, desde el pasado y a través de sus diarios, es capaz de influir en el presente y “revivir” en la misma Suzanne. En el cine los fantasmas siempre nos han hecho soñar con lo imposible.

7.0
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