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Crítica de "Jota Urondo, un cocinero impertinente": un retrato sobre cocinar contra la uniformidad
El documental de Mariana Erijimovich y Juan Villegas sigue a Javier Urondo y convierte la cocina en una discusión sobre memoria, identidad y resistencia cultural.
Jota Urondo, un cocinero impertinente (2025), dirigido por Mariana Erijimovich y Juan Villegas, sigue la vida cotidiana de Javier Urondo, hijo del poeta y militante Paco Urondo, desaparecido por la dictadura. Urondo administra en Parque Chacabuco un restaurante donde la cocina funciona como una extensión de la memoria y como una forma de resistencia frente a la uniformidad gastronómica. Carne madurada, kimchi y ñoquis con chinchulines forman parte de una carta que rechaza la lógica del menú internacional replicado y recupera una relación más artesanal con la comida.
A partir de esa premisa, el documental evita los códigos habituales del cine gastronómico contemporáneo. La cámara no transforma los platos en mercancía visual ni construye una épica del chef-celebridad. Por el contrario, Erijimovich y Villegas trabajan desde la observación, siguiendo las manos cocinando, el ruido de la cocina, el movimiento entre las mesas y el desgaste físico del trabajo diario. El restaurante aparece entonces no como un escenario diseñado para la experiencia gourmet, sino como un espacio vivido, atravesado por vínculos, rutinas y discusiones sobre cómo sostener una identidad en tiempos de consumo acelerado.
En ese recorrido, Javier Urondo se vuelve un personaje atravesado por múltiples capas. Antes de abrir Urondo Bar trabajó en prensa, editoriales, fotografía y distintos oficios, y esa experiencia fragmentada se filtra en su manera de entender la cocina. Hay algo de archivo personal en cada plato y también una búsqueda por recuperar el valor del encuentro alrededor de la mesa. El documental encuentra allí sus momentos más humanos, cuando la comida deja de ser concepto y aparece ligada a la hospitalidad, al barrio y a cierta necesidad de permanencia en medio de un país construido sobre crisis sucesivas.
La dimensión política del relato surge precisamente desde esa cotidianeidad. El apellido Urondo carga con una historia vinculada a la militancia, la literatura y la violencia estatal, pero la película evita convertir esa herencia en un elemento solemne. Lo político aparece desplazado hacia otro terreno, el de la defensa de lo singular frente a la estandarización cultural. Cocinar, elegir productos, sostener un bodegón en funcionamiento desde 2001 o negarse a seguir tendencias terminan funcionando como pequeños actos de resistencia frente a una lógica que busca volver homogéneo hasta el modo de comer.
Aunque algunas escenas podrían haber condensado mejor ciertas ideas, Jota Urondo, un cocinero impertinente logra encontrar una identidad propia dentro del documental argentino reciente. Más que filmar recetas o procedimientos culinarios, observa cómo un espacio puede convertirse en refugio de memorias familiares, discusiones políticas y formas de sociabilidad que todavía sobreviven lejos del marketing gastronómico. Allí encuentra su punto más sólido, entender que detrás de cada plato también hay una manera de habitar el mundo.