76 Berlinale
Crítica de “Narciso”: Rock and roll y crimen en la dictadura paraguaya
Inspirada en la novela homónima de Guido Rodríguez Alcalá, la película retoma el asesinato del locutor Bernardo Aranda en 1959 para explorar el clima de persecución y silencio que marcó los años más duros del régimen de Alfredo Stroessner.
Narciso (2026) parte de ese hecho real para convertirlo en el síntoma de una época. El crimen funciona como disparador de una reflexión más amplia sobre el poder, el deseo y la represión en un Paraguay donde la vigilancia excedía lo político y se infiltraba en los cuerpos, las costumbres y las formas de expresión.
En ese contexto emerge Narciso Arévalos (Dino Romero), un joven cantante que introduce el rock and roll en Asunción cuando el país aún vivía culturalmente cercado. La película desplaza así el foco del caso policial hacia el clima social que lo hizo posible. En los años cincuenta, ese ritmo importado condensaba juventud, libertad y ruptura generacional; bajo un régimen autoritario, esa energía se volvía inevitablemente sospechosa.
La figura de Narciso encarna esa tensión. Su presencia magnética en la radio, que Manuel Bermúdez (Manuel Cuenca) conduce junto con su esposa Elvira (Mona Martínez), despierta fascinación pero también recelo. El deseo —sexual, artístico, vital— se vuelve peligroso cuando no encaja en la norma. De este modo, el film dirigido por Marcelo Martinessi, enlaza crimen y música como dos caras de un mismo dispositivo de control: lo que se aparta del molde debe ser castigado o silenciado.
Martinessi construye esa idea a través de un delicado juego entre realidad y representación. Los espacios —la cabina de radio, el estudio de grabación, el escenario— funcionan como capas de una memoria fragmentada. El radioteatro de Drácula, la atmósfera densa, los silencios y las miradas sugieren más de lo que muestran. Metáforas de un sistema que transforma la diferencia en delito.
Tras el reconocimiento internacional de Las Herederas (2018), Martinessi vuelve a indagar en las fisuras de la sociedad paraguaya, aunque aquí amplía la escala hacia la memoria histórica colectiva. El estreno en la sección Panorama del Festival Internacional de Cine de Berlín 2026 confirma la proyección internacional de un cine que examina las heridas del pasado con densidad política y formal.
El elenco, con la participación de Nahuel Pérez Biscayart junto a intérpretes paraguayos, refuerza esa apuesta por la sugerencia. Más que grandes estallidos dramáticos, predominan gestos contenidos y climas asfixiantes que permiten al espectador experimentar el peso invisible del control.