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Crítica de “Bailarina”: Ana de Armas en la secuela lateral del universo de "John Wick"

“Bailarina” es la nueva película de acción ambientada en el mundo de “John Wick”, y la primera en no ser dirigida por Chad Stahelski ni estar protagonizada por Keanu Reeves.

Crítica de “Bailarina”: Ana de Armas en la secuela lateral del universo de "John Wick"
viernes 23 de enero de 2026

Con este tipo de secuelas laterales los estudios siempre deben temer la Paradoja de Teseo: ¿cuántas partes de un objeto pueden ser reemplazadas hasta que deja de ser el mismo objeto? ¿El mundo de John Wick importa más allá del establo técnico y artístico que lo consagró en primer lugar?

Ana de Armas, quien ya había amagado con cooptar una franquicia de acción en Sin tiempo para morir (No Time to Die, 2021) (la despedida de Daniel Craig a James Bond), interpreta a la bailarina del título y redobla la apuesta a una elegante carrera de acrobacias, disparos y vestidos con tajo. Cual rueditas detrás de un triciclo aparecen, por las dudas, los nombres de Reeves y Stahelski: Keanu hace acto de presencia en un par de escenas, mientras que Chad ha rodado entre una pequeña porción y la mayoría del producto actualmente firmado por Len Wiseman, dependiendo de la fuente.

De una u otra forma, la película es un loable facsímil de las de John Wick, repasando en su primera mitad las típicas locaciones chic de la serie – mansiones, teatros, discotecas, hoteles – y culminando en una gigantesca secuencia de acción en un pueblito nevado austríaco que no tiene nada que envidiar a otros finales explosivos. Siempre hay una veta de comedia subrayando o atravesando los momentos más sensacionales, sin quitarles impacto ni textura, y lo que empieza como una secuencia de acción plausible suele desembocar en rutinas del slapstick más irónico y brutal.

Pero si bien Bailarina derrocha estilo, y nunca pierde el ímpetu de crear momentos tan ridículos como memorables (entre sus más excelsos: una pelea de platos rotos, un duelo de lanzallamas y varias combinaciones absurdas de puertas y granadas), lo que no tiene es una personalidad propia. Ya le ocurrió a Atómica (Atomic Blonde, 2017), de David Leitch, el co-director de la primera Wick: el dominio y la flexión de lo técnico, en conjunción con una sensibilidad estética, puede elevar pero nunca redimir una historia que no existe más que para conectar estos momentos.

El problema es sencillo de identificar, ya que la misma Bailarina lo esboza en una de sus primeras escenas, cuando Eve (de Armas) se cruza con Wick (Reeves) en uno de los tantos oasis que adornan su mundo de asesinos. Él está intentando escapar de este mundo, ella quiere adentrarse en él – a pesar de ya ser parte. No hay tensión en una de estas dos premisas.

Bailarina lo sabe e inventa giros en la trama para fomentar el drama: aparece de la nada una niña para proteger, y luego rescatar; otro giro melodramático inventa un personaje importante en la vida de Eve y lo trunca en la misma escena. La sanguinaria maratón de Eve es divertida e impresionante, pero nunca logra crear o conectar un momento de genuino interés humano, y mientras que tiene que inventar cosas a medio camino para contar su cuento, las cuatro películas anteriores se construyeron sobre un único momento definitivo: la muerte de un perro. “Pero no era sólo un perro,” como aclara John Wick.

7.0
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