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Crítica de "Solo se vive una vez": Ensalada rusa

Si algo caracteriza a la superproducción argentino española "Solo se vive una vez" (2017) es la mezcla de estilos, estéticas, géneros, idiomas y hasta religiones. Mezcla que configura un cóctel explosivo, y no en todos los casos, con el mejor resultado. 

Crítica de "Solo se vive una vez": Ensalada rusa
sábado 17 de enero de 2026

La ópera prima de Federico Cueva, con experiencia previa en la coordinación de escenas de acción y como supervisor de dobles de riesgo, plantea un recorrido incómodo. Por un lado, no aspira a ser más que una pieza de entretenimiento; por otro, se lanza a un terreno de riesgo poco explorado en el cine local. Ambas decisiones resultan atendibles, aunque la elección de un género con escaso arraigo en el público argentino, como la comedia de acción, expone a la película a una recepción incierta.

La historia sigue a Leo (Peter Lanzani), un estafador de baja escala que graba a su novia (Eugenia Suárez) mientras se acuesta con hombres influyentes para luego extorsionarlos. El mecanismo se altera cuando el cliente es un empresario agropecuario (Carlos Areces) presionado por los mafiosos Duges (Gérard Depardieu) y López (Santiago Segura) para firmar un documento ilegal. El material comprometedora termina en manos del protagonista, que debe huir y esconderse disfrazado de judío ortodoxo en una sinagoga.

Se trata de una producción de gran escala que difícilmente será recordada por su trama, pero sí por el elenco que convoca. Gérard Depardieu encabeza un reparto internacional que incluye a Santiago Segura —también productor—, Hugo Silva y Carlos Areces. Del lado argentino participan Peter Lanzani, Darío Lopilato, Pablo Rago, Luis Brandoni y Eugenia Suárez, entre otros. La apuesta se completa con un equipo técnico de trayectoria, como el director de fotografía Guillermo Nieto y la directora de arte Graciela Oderigo, responsables de una factura visual consistente.

Al igual que Permitidos (2016), que se apoyaba en un género con mayor aceptación como la comedia romántica, Solo se vive una vez busca captar a un público joven habituado al consumo de cine hollywoodense y a la llamada nueva comedia estadounidense, además de reconocer a figuras de la televisión local. En ese intento, la película recurre de forma reiterada a chistes escatológicos, a una burla constante del judaísmo ortodoxo y a un uso insistente del gag lingüístico, potenciado por la diversidad de acentos y nacionalidades del elenco.

Más que por la acción, la película se mueve en una zona de borde por su tono. Oscila entre el chiste y la ofensa, entre la referencia cultural y el ridículo, entre la superproducción pensada para divertir y un registro que roza lo bizarro. En ese sentido, se aproxima más al modelo de Torrente: Operación Eurovegas que a una tradición local como Los Superagentes: La nueva generación. Allí juega su apuesta: abrir camino a un tipo de cine poco habitual en la industria argentina, con los riesgos que esa decisión implica. La respuesta del público terminará de definir el alcance de esa jugada.

5.0
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