Salas
Crítica de “Saint Catherine”: un laboratorio del terror argentino desde el imaginario religioso
Gonzalo Mellid (“La forma del bosque”, 2021) acopla varias historias cortas de diferentes países y subgéneros con muchísimo poder visual en lo que más se asemeja a las superproducciones de Norteamérica.
Hubo un instante, apenas se abre ese portón del convento y el aire frío del encierro empieza a empujar la narrativa, en el que la película propone la entrada a una suerte de laboratorio del terror argentino. No uno cualquiera, sino uno construido con ambición industrial, con paredes plagadas de símbolos religiosos y una presencia estética decidida a recordar que, aun desde terrenos independientes, el cine local puede plantarse con una fuerza visual inesperada. Esa primera sensación, más física que conceptual, es la que permanece en la memoria mientras la cinta se despliega como una antología que indaga el miedo desde un imaginario religioso y monástico, y que encuentra en su factura visual su principal anclaje creativo.
Saint Catherine (2025) se estructura alrededor de un relato marco situado en un convento, donde un cuarto repleto de objetos “malditos”, cercano al modelo del universo Warren, funciona como nexo entre los distintos segmentos. Cada objeto, cada reliquia atravesada por una sombra del pasado, dispara una historia que busca fracturar la calma aparente del lugar. El dispositivo resulta atractivo y suele funcionar bien como engranaje en el formato antológico. Aquí está materializado con un nivel de detalle que llama la atención: texturas gastadas, madera partida, vitrinas antiguas, símbolos religiosos integrados con precisión. El apartado visual se consolida como el eje más sólido de la experiencia.
El trabajo sobre los trajes de las monjas responde a una lógica de diseño cuidada; los maquillajes incorporan capas de piedad y desgaste, y la dirección de arte dialoga con una tradición del terror católico generalmente asociada a producciones de mayor presupuesto. Esa dimensión de escala se percibe con claridad, aunque la película no logra sostener el mismo impacto en el plano emocional. El principal desbalance aparece en el peso reducido de la historia central.
El relato del convento funciona como columna vertebral, pero su rol queda más cerca de lo administrativo que de lo dramático. En lugar de cargar tensión o articular un conflicto propio, opera como un pasaje, un corredor por el que circulan las demás historias sin generar un eco narrativo profundo. Allí la estructura parece quedar a mitad de camino: las piezas, consideradas de manera individual, exhiben identidad, atmósfera y una búsqueda estética definida; pero al intentar construir un todo, no terminan de complementarse.
Aun así, cada segmento ofrece elementos para observar desde lo técnico. La cámara se posiciona con decisión: los encuadres proponen líneas marcadas, diagonales tensas, sombras prolongadas y una iluminación que explota el claroscuro religioso como herramienta expresiva. Hay una búsqueda formal clara, incluso autoral, dentro de un formato que suele apoyarse en lo funcional. En ese punto, la película adopta una postura estética más cuidada y personal.
Las historias presentan irregularidades, pero sostienen atmósferas definidas, ideas reconocibles y un manejo del suspenso que, incluso en los tramos más endebles, se apoya en un trabajo técnico consistente: fotografía precisa, puesta en escena clara, decisiones de montaje orientadas al ritmo y un diseño sonoro que encuentra mayor eficacia en sala.
El resultado general se percibe distante, no por carencia de oficio, sino por un desequilibrio narrativo que impide una articulación emocional más orgánica. Sin embargo, desde una mirada más amplia, la propuesta merece ser leída como un paso dentro de un proceso mayor. Contribuye a la consolidación de un nicho que todavía demanda continuidad, producción y espectadores.
Desde un enfoque estrictamente crítico, puede ubicarse como una obra irregular, con un núcleo narrativo frágil. Pero al situarla dentro del mapa del terror argentino, la lectura se expande: la propuesta gana relevancia como parte de un territorio en construcción que sigue ensayando formas, imaginarios y dispositivos propios.