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Crítica de “El conjuro 4: Últimos ritos”, una entrega larga y sin rumbo
Ed y Lorraine Warren vuelven de su retiro para intentar ayudar a su hija en la lucha contra un demonio que espera su alma desde antes de su nacimiento.
Desde su estreno en 2013, El conjuro (The Conjuring) revitalizó el cine de terror comercial, rescató el terror clásico e introdujo una puesta en escena elegante y personajes entrañables como los Warren. Las dos primeras películas de la saga original aún se sienten como piezas de colección: historias sólidas, atmósferas logradas y un pulso narrativo que perdura.
Con la tercera entrega, El conjuro: El diablo me obligó a hacerlo (The Conjuring: The Devil Made Me Do It, 2021), se empezó a notar un desgaste. Michael Chaves, sustituyendo a James Wan, manejó bien la maquinaria pero sin innovar. El terror, más basado en jumpscares predecibles, convivía con un drama de pareja que intentaba darle profundidad a la saga. Con El conjuro: Últimos ritos (The Conjuring: Last Rites, 2025), la duda es inevitable: ¿queda algo por contar o el hechizo está agotándose?
La trama titubea entre varios focos —la salud de Ed, el envejecimiento de los Warren, la historia de Judy y Tony— mientras el caso paranormal, que debería ser el centro, se pierde en el fondo. Este desequilibrio obliga a saltar de una trama a otra sin un hilo conductor firme.
La saga siempre funcionó como relato de caso: familia vulnerable, casa infestada y Warren enfrentando lo inexplicable. Ese esquema, clásico pero efectivo, se apoyaba en la dirección de Wan, que construía la tensión con planos largos y manejo preciso de la cámara. Chaves intenta replicar ese estilo, pero su dirección se siente fragmentada, con una edición que asfixia la atmósfera. El primer susto real aparece casi a los 40 minutos.
Lo que sostiene la película es el trabajo de Patrick Wilson y Vera Farmiga. Su química dignifican incluso los guiones flojos. La fragilidad de Ed y la fortaleza de Lorraine resultan más interesantes que el caso paranormal. La subtrama de Judy y Tony busca renovar la saga con un relevo generacional. La idea es buena, pero su desarrollo es torpe. Aunque Mia Tomlinson y Ben Hardy logran química, la historia se siente forzada, como un intento prematuro de abrir un spin-off no solicitado.
Al final, queda un sabor amargo, no por desastre, sino porque confirma algo inquietante: la saga ya no sabe qué quiere ser. Entre el relato de casos, el drama familiar y la expansión generacional, se pierde el rumbo y el hechizo comienza a romperse.