Salas
Crítica de "Karla": La dignidad de una niña contra el poder judicial
Basada en una historia real, la opera prima de la realizadora alemana Christina Tournatzés cuenta la historia de una niña que, en la Alemania de los años 60 y sin apoyo de su familia, decide denunciar a su padre por abuso sexual.
La pregunta acerca de cómo se pueden (y cómo se deben) abordar cinematográficamente las historias verosímiles o reales en las que se retratan horrores contra la humanidad es una cuya respuesta se ha ensayado en cientos de ocasiones. Al presenciar los primeros minutos de Karla (Christina Tournatzés, 2025) sin conocer su sinopsis podríamos pensar que se trata de una película sobre alguna de las historias relacionadas a la Segunda Guerra Mundial. Aunque en este caso el horror retratado tiene otras características, Karla propone una respuesta contundente y sensible, a la altura de su protagonista.
La película acompaña a Karla Ebel, una niña de 12 años, desde el momento en el que encuentra la situación ideal para huir de su familia y acercarse a una comisaría a denunciar a su padre por abuso sexual en un momento histórico en el que los derechos de las infancias no estaban ni social ni legalmente contemplados.
Karla, opera prima de la realizadora alemana Christina Tournatzés con guión de Yvonne Görlach, es un sobrio drama judicial que reconstruye la historia de la niña a través de los testimonios que surgen del proceso legal. La cinta toma la decisión de valerse de un puñado de recursos poéticos para evitar narrar la violencia con detalle. Mientras la protagonista (interpretada por Elise Krieps, hija de la brillante Vicky Krieps) responde a las interrogantes del juez Lamy, quien está preparando el caso, los recuerdos se presentan en forma de flashbacks muy breves y de contornos difusos, reconstruyendo quizá la forma que realmente toma una memoria traumática: una cantidad particular de luz, algún sonido, alguna imagen.
En simultáneo, tres elementos cumplen para Karla (y para los espectadores) la función de simbolizar lo perdido, el refugio, la impotencia, la incapacidad de decir: una masa de agua en la que la vemos completamente sumergida; la flor, que es tanto la inocencia como el lugar al que huye mentalmente cuando lo necesita; el diapasón, que reemplaza la narración revictimizante y que, a la vez, representa el cobijo que ella encuentra en la música.
Es la dignidad de Karla la que la arrastra a la justicia a reclamar lo que es suyo a pesar del dolor que esto conlleva, a luchar contra el poder judicial buscando, en primera instancia, que alguien le crea. Son otras personas igual de solas que ella las que deciden ayudarla, a pesar de no tener pruebas más que su testimonio, a obtener justicia. Esta película es valiente en contar esta historia e inteligente en el modo de hacerlo, y el resultado constituye tanto un testimonio como una reparación.