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Crítica de "Hija del fuego: la venganza de la bastarda": "China" Suárez y una venganza que no arriesga nada
En "Hija del fuego: la venganza de la bastarda", China Suárez encarna a una mujer que vuelve a su pueblo con otra identidad para ajustar cuentas. El relato avanza sin tensión y sin riesgo formal.
Hija del fuego: la venganza de la bastarda (2025) se articula alrededor de una identidad falsa y un regreso planificado. Una mujer (Eugenia “China” Suárez), dada por muerta en la infancia tras un ataque que destruyó a su familia, vuelve años después con otro nombre y una vida armada fuera del país. Su retorno no busca respuestas ni reconciliaciones: es el paso inicial de una venganza diseñada durante años.
El relato la acompaña con una determinación constante. La protagonista nunca duda, nunca vacila y nunca enfrenta dilemas que tensionen su recorrido. Todo funciona según su plan, como si el mundo narrativo estuviera dispuesto para que cada movimiento encaje sin fricción. Esa linealidad elimina cualquier posibilidad de ambigüedad y reduce el conflicto a una serie de acciones encadenadas.
Desde lo formal, el relato se sostiene en una estructura directa, casi mecánica. Los desplazamientos, los encuentros y las alianzas se suceden sin interrupciones y sin riesgo en la puesta. La dirección de Alejandro Ibañez y Jorge Nisco se limita a ilustrar el avance de la trama sin explorar el espacio, sin trabajar los tiempos y sin proponer una mirada propia. La historia avanza, pero no se despliega.
El guion de Leandro Calderone opera con una lógica cercana al folletín clásico: revelaciones anunciadas, rivalidades reconocibles, diálogos que explican más de lo que sugieren y una construcción dramática que nunca se aparta del molde. La serie —de 22 episodios— adopta esos códigos sin reversionarlos ni interrogarlos, y esa fidelidad al molde vuelve previsible cada giro.
Las actuaciones arrastran esa misma rigidez. Eleonora Wexler, Diego Cremonesi, Joaquín Ferreira, Pedro Fontaine, Jerónimo Bosia, Mariano Saborido y Carlos Belloso quedan subordinados a roles estereotipados por un guion encorsetado que no les permite explorar matices ni desviaciones. La narración los fija en funciones invariables y no les concede espacio para construir verdadera presencia dramática.
Hija del fuego: la venganza de la bastarda plantea una venganza que nace y termina en su propio procedimiento. La estructura privilegia la ejecución antes que la tensión, el plan antes que el conflicto. Ni el guion ni la dirección se arriesgan a complejizar lo que proponen, y la historia avanza con un pulso constante pero sin profundidad dramática.