Netflix
Crítica de "El cuco de cristal": secretos, desapariciones y doble temporalidad en la nueva adaptación de Javier Castillo
"El cuco de cristal", serie de Netflix basada en la novela de Javier Castillo, une un trasplante, una desaparición y un entramado familiar atravesado por viejas verdades.
La serie dirigida por Laura Alvea y Juan Miguel del Castillo adapta la novela de Javier Castillo y sigue el recorrido de Clara (Catalina Sopelana), una residente de medicina que, tras un trasplante de corazón, decide rastrear el origen del órgano que recibió. Ese gesto la lleva al pueblo de Hervás, un territorio donde las ausencias se acumulan y las explicaciones nunca fueron concluyentes. Su llegada no solo confronta a una familia atravesada por pérdidas, sino que reabre una historia que el pueblo prefirió mantener en un registro difuso.
El cuco de cristal (2025) divide su relato en 2023, cuando Clara llega al pueblo y coincide con la misteriosa desaparición de un bebé, y 2004, que reconstruye los últimos días de Miguel Ferrer (Álex García), guardia civil cuya desaparición después de un incendio alteró el orden interno del lugar. Esa estructura expone la dinámica entre Clara y Marta (Itziar Ituño), madre del donante (Roque Ruiz), y revela un funcionamiento familiar sostenido en omisiones. La serie utiliza ese doble registro para mostrar cómo cada miembro retuvo piezas esenciales de un mismo hecho durante dos décadas, generando un sistema donde el pasado determina cada movimiento presente.
La narrativa avanza entre la observación íntima y la investigación policial. Sopelana concentra la mirada del espectador mientras se enfrenta a una familia que vive entre versiones incompletas: el duelo suspendido de Marta; la discreción estratégica de Rafael (Iván Massagué), compañero de Miguel y operador silencioso del pueblo; y la carga de Juan (Alfons Nieto), que arrastra lo que vio la noche en que su padre desapareció. A partir de esos elementos, la figura de Miguel deja de ser un caso inconcluso para convertirse en el eje que organizó el comportamiento colectivo.
Con seis episodios, la serie se afirma en una narrativa concentrada que prioriza la exposición gradual de secretos antes que los artificios del género. Aunque recurre a giros reconocibles, sostiene un propósito claro: mostrar cómo un pueblo administró su propia versión de la verdad para evitar enfrentarse a sus consecuencias. El cuco de cristal trabaja sobre ese punto y construye un thriller donde cada decisión pasada condiciona el presente, y donde los vínculos rotos explican más que cualquier pista policial.