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Crítica de "Todo vale": ¿el nuevo fracaso de Ryan Murphy?
La nueva serie de Ryan Murphy transforma el drama legal en un desfile de vanidades donde el empoderamiento se reduce a superficie y la ironía se disuelve en brillo.
Todo vale (All's Fair, 2025) despliega la conocida maquinaria de Murphy: lujo, histeria, figuras reconocibles, y una promesa de transgresión que, una vez más, se queda en la puerta del decorado. La historia reúne a un grupo de abogadas especializadas en divorcios que renuncian a un estudio masculino para fundar su propio bufete. El gesto parece emancipador, pero pronto revela su condición de simulacro: independencia en el argumento, dependencia en la forma.
Cada plano brilla con la ostentación de un catálogo de lujo. Las oficinas, los trajes, los juicios: todo está diseñado para ser visto, no para ser sentido. El artificio reemplaza la tensión, y la cámara —en lugar de observar— presume.
Murphy convierte el divorcio en coreografía, y la justicia en un teatro de apariencias. Los diálogos suenan a eslóganes que buscan la cita viral más que tensión dramática. Las protagonistas parecen atrapadas en una pasarela de frases ingeniosas que no dialogan entre sí. La estructura narrativa se fragmenta en episodios que confunden ritmo con velocidad y conflicto con escándalo. Las revelaciones se amontonan sin consecuencia; los personajes cambian de lealtad sin que sepamos por qué. Todo vale, literalmente.
Kim Kardashian encarna a la líder del grupo, símbolo perfecto de la serie: presencia icónica, performance calculada, ausencia de espesor. Su personaje funciona como una metáfora involuntaria del propio universo Murphy: fascinación por el poder de la imagen y la incapacidad de trascenderla. A su alrededor, Naomi Watts, Sarah Paulson, Teyana Taylor, Niecy-Nash Betts y Glenn Close intentan dotar de densidad a una trama que se deshace en su propia caricatura. No hay crueldad ni empatía, solo un desfile de máscaras bien iluminadas.
Murphy había hecho del camp un gesto político: el exceso como subversión, lo melodramático como crítica. Aquí esa ironía se convierte en repetición. Todo vale no parodia el poder; lo celebra. No desmonta el patriarcado; lo redecora. La serie confunde sarcasmo con desdén y termina negando su propio artificio. El espectador ya no asiste a una sátira del lujo, sino al lujo mismo, consumido con el mismo vacío con que se desliza un catálogo de moda.
En Todo vale hay destellos del talento visual de Murphy, pero también la evidencia de un ciclo agotado. Lo que antes fue provocación hoy es rutina: exceso sin riesgo, glamour sin mirada. El resultado es un drama que, en su afán de ser relevante, termina siendo decorativo.