Salas
Crítica de "La tortuga roja": Los Studios Ghibli y la magia de la naturaleza
Nominada al Oscar a Mejor Largometraje Animado en 2016, se estrena la película dirigida por el cineasta holandés Michael Dudok de Wit, la primera coproducción internacional de Studio Ghibli, el emblemático estudio detrás de las obras del maestro japonés Hayao Miyazaki.
La historia de La tortuga roja (La tortue rouge, 2016), narrada mediante una realista animación en 2D, gira en torno a un hombre que, tras un naufragio, queda aislado en una isla desierta.
Después de explorar el lugar durante varios días, decide intentar regresar a la civilización. Sin embargo, en cada intento, una enorme tortuga marina de color rojo destruye su precaria balsa. Un día, tras experimentar varias alucinaciones, el hombre ve cómo la tortuga se transforma en una bella mujer.
La fábula animada sigue la lógica de la magia, esa en la que todo es posible. Las posibilidades visuales trascienden la coherencia realista para transportarnos a otra dimensión: la de los sueños y las fantasías. Cuando la realidad choca con el límite de la frustración, aparece la ilusión como vía de escape, desplegando todo su potencial visual y narrativo. Y cuando el hombre se enfrenta a la naturaleza, surge la magia natural para recordarle que él también forma parte de ella.
Casi como si se tratara de una película muda —carece de diálogos, salvo algunas breves frases aisladas— La tortuga roja se apoya en la fuerza de su lenguaje visual. No necesita palabras para llevarnos a dimensiones paralelas, donde el bien y el mal no existen (como también ocurre en el cine de Miyazaki), y donde la imaginación se convierte en el verdadero espacio para experimentar la libertad.
Con un mensaje didáctico, la fuerza de la naturaleza se manifiesta en todo su esplendor, sin necesidad de explicaciones racionales. Es precisamente esa capacidad de trascender al ser humano lo que invita tanto al protagonista —como al espectador— a experimentar su inmensidad, a contemplar el ciclo de la vida y a recibir la sabiduría que emana de ella.
Si bien esta película no alcanza la estatura de joyas como El viaje de Chihiro (Sen to Chihiro no kamikakushi, 2001) o El increíble castillo vagabundo (Hauru no ugoku shiro, 2004), también producidas por Studio Ghibli, conserva ese poder de representación fascinante y simple que nos impulsa a dejarnos llevar por la fuerza de las imágenes.