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Crítica de “El mono”: Terror, gore y comedia en una danza macabra e irresistible

Con James Wan involucrado en la producción y una mezcla de terror con comedia negra, “El mono” sorprende por su descaro, su humor retorcido y su capacidad de hacer del horror una experiencia tan sangrienta como entretenida.

Crítica de “El mono”: Terror, gore y comedia en una danza macabra e irresistible
martes 02 de septiembre de 2025

Cuando se anunció que Osgood Perkins adaptaría The Monkey, el inquietante relato corto de Stephen King, la expectativa se dividió entre el escepticismo y la curiosidad. Perkins, un director con un estilo más inclinado al terror atmosférico y la lenta construcción de la tensión, siendo La enviada del mal (The Blackcoat’s Daughter, 2015) y Soy la cosa bella que vive en esta casa (I Am the Pretty Thing That Lives in the House, 2016) buenos ejemplos de ello, en este caso se sumergía en una historia que pedía un ritmo más frenético y un tono más desquiciado. 

Desde su primera secuencia, El mono (The Monkey, 2025) deja en claro que su intención no es sumergirse en el horror psicológico o en la angustia existencial que a menudo caracteriza a Perkins. Aquí todo es más directo, más sucio y, sobre todo, más divertido. La película se apoya en una estructura episódica donde la presencia del macabro mono mecánico se convierte en el motor de una serie de muertes tan brutales como creativas. La trama no se obsesiona con explicar demasiado, sino que se deja llevar por la extravagancia de su premisa, potenciando el absurdo con una ejecución que recuerda a la irreverencia de Noche alucinante (Evil Dead 2, 1987).

En términos de dirección, Perkins mantiene su elegancia visual pero la fusiona con una puesta en escena mucho más dinámica y caótica de lo que suele manejar. La fotografía de Nico Aguilar (Pedro Páramo, 2024) juega con los contrastes, resaltando los momentos de horror con encuadres opresivos y una iluminación casi teatral, mientras que los momentos de comedia se benefician de una planificación más abierta, permitiendo que la comedia física y la violencia grotesca respiren en pantalla. Las secuencias de muerte son, sin duda, el mayor espectáculo de la película: excesivas, sangrientas y ejecutadas con una creatividad enfermiza que las hace irresistiblemente entretenidas.

El guión, sin ser una obra maestra de la construcción narrativa, entiende perfectamente cuál es su objetivo. No se pierde en complejidades innecesarias ni intenta dotar de profundidad psicológica a su protagonista, interpretado por Theo James (Divergente, 2014). Y aquí es donde entra una de las decisiones más cuestionables del film: poner el peso dramático sobre un actor que, si bien cumple con la energía requerida, no se destaca precisamente por su rango interpretativo. Sin embargo, lo que podría haber sido un problema termina jugando a favor de la película. James no necesita brillar, solo necesita sumarse a la locura circundante, y lo hace con soltura. Su falta de matices es compensada por un elenco secundario que entiende a la perfección el tono del film y lo eleva con actuaciones que abrazan el delirio sin reservas.

Los momentos de terror puros son menos de los que se podría esperar, pero cuando aparecen, se siente la influencia de James Wan. El ritmo de estas escenas recuerda a la saga de El Conjuro (The conjuring, 2013), con sus pausas calculadas y sus golpes de efecto precisos, aunque siempre con una inclinación hacia la exageración. No se busca provocar un miedo duradero, sino ofrecer un festín de tensión que luego se libera en un estallido de violencia o en un gag bien colocado. Es una película que entiende la naturaleza cíclica del horror y la comedia: ambos géneros funcionan en base a la anticipación y la sorpresa, y Perkins sabe manejarlos con inteligencia.

Es cierto que esta no es una obra para todos los públicos. Su tono caricaturesco, su desprecio por las sutilezas y su constante “cachondeo” con lo grotesco pueden alejar a quienes busquen una experiencia más sobria o perturbadora. Sin embargo, para aquellos que disfruten del comedy horror bien ejecutado, esta película será una de las mejores sorpresas del año. Una película que se divierte con su propio sadismo, que no tiene miedo de caer en lo ridículo y que, sobre todo, ofrece un espectáculo que brilla cuando se comparte en una sala llena de espectadores dispuestos a reírse y estremecerse al mismo tiempo.

Perkins logra una anomalía en su filmografía. Un desvío hacia un cine más accesible pero no menos audaz, que demuestra que el terror puede ser muchas cosas: una exploración de nuestros miedos más profundos, una fuente de tensión insoportable o, como en este caso, un show de sangre y risas diseñado para disfrutarse sin culpa. El mono no pretende ser alta cinematografía, pero en su propia locura encuentra su mayor virtud.

8.0
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