Una historia del teatro como cuerpo insurrecto

"Esto es teatro": una exposición en el Museo Moderno sobre la escena experimental argentina

La nueva exposición del Museo Moderno rastrea en once escenas los gestos radicales que transformaron el teatro argentino entre los años 60 y 90. Del Di Tella al Parakultural, un viaje por archivos, cuerpos y espectros que ensayaron otra forma de estar en el mundo.

"Esto es teatro": una exposición en el Museo Moderno sobre la escena experimental argentina
miércoles 04 de junio de 2025

Una escalera, suspendida como un esqueleto escénico, recibe al visitante en la primera de las estaciones que componen Esto es Teatro. Once escenas experimentales: del Di Tella al Parakultural. La nueva exposición del Museo Moderno (Avenida San Juan 350, San Telmo) no busca explicar qué fue la escena experimental argentina de la segunda mitad del siglo XX. La activa. La pone a latir otra vez. Cada una de sus once estaciones funciona como una caja de resonancia, un escenario sin bordes donde los fantasmas del Di Tella, del Parakultural, de los sótanos y de las salas oficiales se presentan sin solemnidad pero con intensidad.

Curada por Alejandro Tantanian, Florencia Qualina y Andrés Gallina, la muestra propone un relato no lineal del teatro como campo de experimentación, donde las artes visuales, la performance, la política y el cuerpo se fundieron en prácticas escénicas de alta potencia simbólica. Entre el desborde visual y la contención museográfica, la exposición articula materiales inéditos, archivos personales, reconstrucciones, instalaciones y registros que no buscan tanto representar como evocar.

La exposición comienza con una escena dedicada a Roberto Villanueva, director del Centro de Experimentación Audiovisual del Instituto Di Tella. Sus montajes, entre 1963 y 1970, desdibujaron las fronteras entre mimo, danza, teatro y happening. En el CEA no se representaban obras: se ensayaban formas de percepción. Las piezas eran "objetos de prueba", decía Villanueva, que concibió el teatro como un laboratorio social. La muestra recupera ese gesto con una escalera que remite a El timón de Atenas y con su propia voz resonando en la sala como un guía íntimo.

La escena sobre Griselda Gambaro se organiza en torno a un objeto. Está allí como en el inicio de El desatino, cuando Alfonso despierta con ese artefacto adherido al pie. Son Laura Yusem, Graciela Galán y Cristina Banegas —compañeras de Gambaro en distintas obras— quienes reconstruyen para esta exposición el legado de una dramaturga que transformó el realismo desde adentro. Acusada en los años 60 de “extranjerizante” y “absurdista”, Gambaro trazó una línea antinaturalista que tensionaba lo político desde la elusión, lo siniestro y lo doméstico. Su teatro no gritaba: era un susurro que perforaba.

La figura de Nacha Guevara, en una escena audiovisual que mezcla álbumes, canciones y recitales, aparece como nodo entre la música popular y la performance. Sus espectáculos de nueva canción como Anastasia querida o Nacha de noche ensayaron una crítica feroz a la moral burguesa, a los roles de género, al mandato familiar. Sus letras, atravesadas por el humor y el absurdo, no solo cuestionaban el poder sino que lo parodiaban desde el escenario.

Una serie de fotografías tomadas por Gianni Mestichelli en los años 60 y 80 componen la escena de Ángel Elizondo: teatro físico, mimo y cuerpos desobedientes. En las imágenes, los actores juegan, se desnudan, improvisan. Son cuerpos en tránsito entre la dictadura y la democracia, perseguidos y luego censurados también en democracia. El legado de Elizondo, fundador de la Escuela de Mimo y pionero de la expresión corporal, se despliega en estas fotos como un acto de resistencia lúdica.

En otra parte, una proyección de gran formato remasteriza Gilgamesh (1979) y El balcón (1969), de Jean Genet, bajo la dirección monumental de Víctor García, exiliado por la dictadura y precursor del teatro moderno. Escenografías colosales, estructuras que desafiaban la lógica teatral, desplazamiento de los cuerpos y de los espectadores: García no dirigía teatro, diseñaba cataclismos escénicos. Su figura, recuperada aquí con material inédito, rompe con el mito de que la innovación solo ocurrió en Buenos Aires.

Renata Schussheim, en una sala íntima y casi espectral, presenta doce dibujos realizados en 1978, en plena dictadura. Criaturas andróginas, nocturnas, surrealistas, inspiradas en Jean-François Casanovas. Una poética visual que se prolonga en el diseño escénico, en el rock nacional, en la danza y en el videoclip. Renata es el puente entre lo visual, lo escénico y lo queer.

Las últimas estaciones se adentran en el under de la posdictadura. Un altar pop reúne fotografías, vestuarios, dibujos y objetos de Batato Barea, clown travesti, performer, poeta de lo precario. Diseñaba sus joyas con tapitas de gaseosa, construía sus escenografías con basura y cosía sus vestidos con su madre. Su frase aún flota en el aire: “El teatro no me interesa para nada”.

El Centro Parakultural ocupa una sala saturada de registros: afiches, playlists, videos, fotos de Kuropatwa, Monteleone y Barragán. Allí confluyen el rock, el happening, la performance, las prácticas disidentes. Se respira fiesta e insurrección. Un espacio de libertad construido entre ruinas urbanas, cuerpos queer, poesía y pogo.

La Organización Negra, con su poética de choque, aparece como intervención urbana radical: performers encadenados, vómitos en la vía pública, bolsas negras que estallan sobre los autos. Las acciones eran incómodas, corporales, catárticas. Su obra UORC es reconstruida en parte con material audiovisual y fotográfico de Pompi Gutnisky y un documental de Ezequiel Ábalos.

La última escena está dedicada a Alejandro Urdapilleta. Sus cuadernos, donados por Rita Cortese y Cecilia Roth, revelan pensamientos, listas de supermercado, dibujos y escenas. Se proyecta un fragmento de Almuerzo en casa de Ludwig W., donde actúa junto a Tina Serrano y Cortese bajo dirección de Villanueva. Urdapilleta fue el puente entre el Parakultural y el Teatro San Martín. Una poética inclasificable, hecha de monstruosidad y ternura, de caos y escritura.

Esto es Teatro. Once escenas experimentales: del Di Tella al Parakultural no clausura una historia: la enciende. Es un archivo en fuga, una memoria viva, un mapa de las escenas que borraron la frontera entre el arte y la vida. No responde a la pregunta que titula la muestra, pero sugiere otra: ¿cuánto de esto sigue latiendo hoy, cada vez que alguien sube a escena sin pedir permiso?

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