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Crítica de "La buena suerte": Gracia Querejeta adapta a Rosa Montero
La nueva película de Gracia Querejeta, basada en la novela de Rosa Montero, transita diversos géneros sin consolidar una identidad narrativa clara. Con Hugo Silva y Megan Montaner al frente, la historia se desdibuja entre el drama intimista, la comedia y la intriga policial.
Gracia Querejeta regresa al cine con La buena suerte (2025), adaptación de la novela homónima de Rosa Montero, que oscila entre varios géneros sin establecer un rumbo definido. La historia sigue a Pablo (Hugo Silva), un arquitecto que abandona su vida urbana y se traslada a un pueblo remoto, donde intenta reconstruirse cargando con un pasado turbio que se revela mediante flashbacks y una voz en off que guía parte del relato. En ese nuevo entorno conoce a Raluca (Megan Montaner), personaje que responde al arquetipo de mujer libre, marcada por heridas invisibles, habitual en la narrativa de protagonistas masculinos en crisis.
El film comienza como un drama introspectivo centrado en la idea de las segundas oportunidades, con ecos reconocibles del cine de Querejeta, particularmente en la exploración de vínculos familiares. Sin embargo, a medida que avanza, introduce elementos de comedia ligera y finalmente se encamina hacia el thriller, en una transición que resulta más abrupta que orgánica. Esta multiplicidad de registros, lejos de articular una propuesta híbrida coherente, termina por diluir el impacto emocional del conflicto central.
Desde lo técnico, la película sostiene el oficio habitual de la directora, con una fotografía cuidada pero sin riesgos estéticos, y un montaje funcional que no alcanza a disimular los quiebres de tono. Las interpretaciones de Hugo Silva y Megan Montaner cumplen con lo requerido, aunque quedan limitadas por personajes que se mueven más por las necesidades del guion que por impulsos narrativos sólidos. Algunos personajes secundarios aportan cierta vitalidad, pero las figuras vinculadas a la trama policial —con diálogos poco creíbles y escenas forzadas— debilitan el verosímil de la segunda mitad.
El principal obstáculo de La buena suerte es su incapacidad para sostener una unidad tonal. Mientras la primera parte construye una atmósfera íntima centrada en la redención personal, el viraje hacia la intriga criminal parece responder a una imposición estructural más que a una evolución lógica del relato. Esta fractura narrativa obstaculiza la implicación emocional del espectador y dispersa la atención entre capas que nunca llegan a integrarse.
La película propone también un retrato de la España rural —vacía, relegada, contrastante con el mundo urbano que el protagonista abandona—, pero este comentario social queda opacado por el peso de las convenciones genéricas que se imponen en el tramo final. Aunque Querejeta conserva su capacidad para dirigir actores y orquestar escenas intimistas, el resultado general se alinea con un tipo de cine que opta por la corrección formal antes que por el riesgo expresivo.
La buena suerte logra momentos de interés, sobre todo en el vínculo entre los protagonistas, pero en su conjunto se percibe como una propuesta de ambición dispersa. Una obra que, a pesar de su pulso técnico y su punto de partida literario, no termina de capitalizar ni el potencial dramático de su premisa ni la solidez autoral de su directora.