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Crítica de "La zorra y la pampa": cine a tracción humana entre el mito, el óxido y la urgencia
Desde una zorra ferroviaria artesanal, "La zorra y la pampa" reconstruye un mapa simbólico y político de la pampa húmeda. Un documental performático que interpela al cine argentino, al ferrocarril como cicatriz nacional y al ritual de filmar como acto de resistencia territorial.
La propuesta de La zorra y la pampa (2024), dirigida por Leandro Rovere e Ignacio Sánchez Ordoñez, no se limita a ser un documental sobre el desguace del sistema ferroviario argentino. Es, ante todo, una coreografía audiovisual sobre la persistencia, el anhelo y el acto físico de mover la historia con el cuerpo.
En lugar de narrar el ocaso del tren con nostalgia, el film activa la memoria desde la acción. Para eso, recurre a una zorra ferroviaria de tracción a sangre —fabricada especialmente para la película— que atraviesa 390 kilómetros desde Rosario hasta Espora. Lo que en apariencia parece una travesía documental se convierte en una intervención poética sobre la pampa húmeda, donde las vías son huellas abiertas y el cine se convierte en vehículo de exploración.
Cada parada en las 16 localidades —de Rosario a Plomer, pasando por pueblos invisibilizados por el trazado de las políticas de transporte— es un gesto de cartografía humana. La zorra no sólo transporta cuerpos: transporta historias, conflictos, afectos y silencios. En cada estación, el film propone un modo de reapropiación del territorio, y lo hace con un dispositivo narrativo que se alimenta de lo colectivo. Más que un documental de observación, es una película de interacción. El plano fijo se sustituye por el vaivén del impulso humano que empuja la zorra, un ritmo que se vuelve metáfora del país.
El film propone al cine como acto performático: no hay un detrás de escena separado de lo que se ve en pantalla. El viaje es real. Las personas son reales. Los rieles también. Y el esfuerzo para avanzar —literal y simbólicamente— se vuelve parte de una ética de la imagen: avanzar sin máquina, con lo que hay, con lo que queda. Una economía de lo austero como resistencia fílmica y política.
Al colocar el cuerpo en el centro de la escena, los directores tensionan la noción tradicional de cine de denuncia. Aquí no hay voz en off que explique. Hay sudor. Hay empuje. Hay pueblo.
El ferrocarril, en este caso, no es un decorado ni una metáfora fácil. Es una ausencia material que estructura el relato, una cicatriz que organiza los sentidos del territorio. Pero también es un catalizador. Porque si bien el tren ya no pasa, el cine sí puede hacerlo. Y en esa lógica, La zorra y la pampa se sitúa como un gesto reparador.