Cannes Première 2025 | Sebastián Lelio vuelve con un musical político
Sebastián Lelio: “El cine musical no es un género muerto, solo necesitaba política y electricidad”
Desde Cannes, el cineasta chileno reflexiona sobre "La ola", su ambiciosa incursión en el musical político que revive las tomas feministas universitarias en Chile. La película fue concebida como una obra colectiva, escrita junto a Manuela Infante, Josefina Fernández y Paloma Salas.
Un año después de que Jacques Audiard sorprendiera en Cannes con Emilia Pérez (2024), un musical sobre el narcotráfico en México, Sebastián Lelio presenta La ola (2025), una propuesta también musical, pero atravesada por las tomas feministas universitarias de 2018 en Chile. Fuera de competencia y en el apartado Cannes Première, Lelio vuelve a experimentar con los géneros para hablar de los cuerpos, la memoria y el conflicto social. En diálogo exclusivo, el director de Una mujer fantástica y Gloria detalla el proceso de creación de su nueva película, los desafíos de filmar un musical desde Latinoamérica y su forma de pensar el cine como un espacio de pensamiento colectivo.
¿Dirías que La ola fue una de las producciones más complejas que encaraste?
Sí, fue una experiencia vivida con una mezcla de pavor y fascinación. En Latinoamérica no hay una tradición fuerte de cine musical. Hubo épocas como la dorada en México con los melodramas, pero si le preguntás a alguien cuál es su musical latinoamericano favorito, probablemente no sabría qué responder. El género es caro y viene de los imperios culturales: Estados Unidos, Francia, India. Meterse con el musical desde acá es una audacia. Lo hicimos desde una lógica de pertenencia, no de turismo cultural. Y técnicamente, hacer un musical es como transformarse en neurocirujano sin haber estudiado la especialidad. Aprendimos a porrazos, pero encontramos un lenguaje propio.
¿Por qué apostaste por un musical contemporáneo, alejado de la nostalgia?
Porque la mayoría de los musicales en los últimos 20 años fueron ejercicios nostálgicos. Yo no creo que sea un género muerto. Creo que le faltaba electricidad, política, inteligencia, contemporaneidad. Bailar en la oscuridad, de Lars von Trier, fue el último musical que realmente expandió el género. Después de eso, todo se recluyó en el cine infantil. La intención acá fue hacer algo vivo, potente, con pensamiento desde el presente.
¿Entonces no te interesa lo que propone Emilia Pérez?
No diría eso. Pero me llama la atención que si yo hubiera hecho una película bélica no me estarían preguntando por All Quiet on the Western Front. Es curioso que los dos musicales recientes más notorios sobre Latinoamérica hayan sido hechos por directores franceses: Camus en Brasil con Orfeo Negro y Audiard en “México” con Emilia Pérez. Nosotros trabajamos desde adentro, desde Chile, con legitimidad de origen.
¿Dónde estabas durante las tomas feministas de 2018 en Chile? ¿Qué te provocó ese momento?
Estaba en Santiago. Vi la portada de un diario con una foto de estudiantes con pechos expuestos y puños en alto. Pensé: Chile rocks. Fue una imagen que me atravesó. Quise hacer algo con eso.
El cine chileno está en un momento fuerte. ¿Te resultó más fácil financiar la película?
Menos complicado, pero sigue siendo una odisea. La industria es frágil y el mercado local muy limitado. Si solo hablás para Chile, te encerrás. Hay que pensar películas que crucen la cordillera, tanto geográfica como mentalmente. En los últimos 15 años surgieron generaciones que lo han logrado.
Gran parte de tus películas están protagonizadas por mujeres fuertes. ¿Por qué?
No lo pienso como programa. Encontré unas cintas de un corto que hice en el 96, mi primer ejercicio de escuela, y eran cuatro historias de mujeres. Me había olvidado. Con Gloria pasó algo similar: era un personaje que el cine suele relegar y lo puse en el centro. Lo hice por intuición, no como consigna política. Pero sí, es un interés que está ahí.
Si pudieras reencarnarte en una de esas mujeres que creaste, ¿cuál elegirías?
Sería un híbrido entre Gloria, Marina y Julia. Un Frankenstein de las tres.
En La ola trabajaste con tres guionistas mujeres. ¿Qué aportaron a la escritura?
Todo. Yo sabía que tenía que escribir desde la minoría, que era mi lugar. La película no intenta reflejar lo que piensa un hombre. Es una obra pensada colectivamente. El primer año de escritura, yo estaba bastante al margen. Ellas sabían mucho más que yo de feminismo. Aprendí mucho. Lo que yo pienso cada vez me interesa menos expresarlo en el cine. El pensamiento está en la película, no fuera de ella.
¿Cómo nació la estructura narrativa de La ola?
Fue divertido notar que el personaje principal pasa por todas las instancias institucionales: policía, universidad, justicia. Y todo fracasa. La única salida es la narrativa. La ética. Porque las leyes no cambian el mundo; lo que lo cambia es la expansión de la conciencia. El movimiento feminista logró eso: expandir la conciencia colectiva. Aunque el mundo avance lento, ya se instaló el tema. Y eso es clave.
¿Qué esperás que genere La ola?
Primero, que salga al mundo. Las películas van a donde quieren ir. Algunas no llegan lejos, otras te arrastran. Espero que genere pasión, que sea un viaje, una experiencia intensa. Y que invite a pensar, sin filtros, sin algoritmos.
¿Creés que con las redes sociales los jóvenes se están acostumbrando a consumir películas cortas? ¿Puede desaparecer el cine de autor?
No soy apocalíptico. El cine está “muriendo” desde que nació: lo mató el sonoro, la tele, el VHS, el streaming... Pero el cine no es un formato, es un lenguaje. Y va a seguir existiendo. Si el formato largo caduca, ahí la poesía encontrará su forma. No hay exterminio. Hay transformación.