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Crítica de "La misteriosa mirada del flamenco": Travestis, desierto y VIH en el Chile de los 80
Ambientada en un pueblo minero del norte de Chile durante la dictadura de Pinochet, "La misteriosa mirada del flamenco", ópera prima de Diego Céspedes, retrata la vida de una comunidad travesti y una niña adoptada en un contexto atravesado por el miedo al VIH, la discriminación y la construcción de vínculos en los márgenes.
Para evitar confusiones, La misteriosa mirada del flamenco (2025) debería de llevar un subtítulo del tipo de “el animal, no el género musical”. Al menos desde España uno piensa antes en la música que en el ave, además de que en la película del chileno Diego Céspedes suena una copla de Rocío Jurado… Pero no, aquí se alude al animal, aunque tampoco exactamente: la película la protagoniza una “familia queer” a cuyas integrantes se las ha rebautizado con nombres de animales: tenemos a Mamá Boa, a Leona, a Erizo y, por supuesto, a Flamenco.
Precisamente es Flamenco, el personaje, no el animal, quien ha adoptado a una niña, Lidia, que, siendo un bebé, un día dejaron abandonada en la puerta de la casa familiar. Lidia ahora tiene once años y ese ahora es importante: estamos en el norte de Chile, en una zona minera, en 1982. Su importancia es muy obvia, primero por el contexto político chileno (la dictadura de Pinochet), segundo por es el momento en el que el Sida comienza a propagarse y a hacer estragos.
Así que tenemos a esta familia de travestis y a la niña, personajes que parecen inspirados en los de Las malas, de Camila Sosa Villada, viviendo en un pueblo minero, eminentemente masculino, por supuesto, un escenario que parece retrotraernos a un western (y Céspedes cita el género de forma explícita en una secuencia), al fin y al cabo el pueblo es en realidad un pequeñísimo poblado en medio del desierto.
Hasta allí han llegado las noticias de una plaga, que afecta a los homosexuales, se dice, pero la leyenda que se trasladado es que una simple mirada de enamoramiento contagia la enfermedad; de ahí que los hombres del pueblo no quieran mirar a los travestis y protejan sus ojos. La realidad es mucho más trágica y menos romántica: el apestado que trae la enfermedad es un antiguo amante de Flamenco, que vendrá al pueblo a morir y a seguir propagando el virus.
En medio de todo este ambiente, que Céspedes retrata entre el melodrama y la comedia, está Lidia, la testigo que todo lo observa y que sufre el acoso de los niños del pueblo, la clara consecuencia de una homofobia que parece más la expresión de una educación que de una realidad cotidiana (pues los hombres acuden a los espectáculos y concursos de las travestis). Sin embargo, esa violencia está siempre presente, por más que Céspedes prefiera abordarla en ocasiones desde el humor. Antes que una película de denuncia política, La misteriosa mirada del flamenco es un coming-of-age que nos propone una mirada muy tierna sobre un mundo en plena mutación.