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Crítica de "La Zurda": Rosendo Ruiz entre el crimen, la fuga y el cuarteto cordobés

Rosendo Ruiz regresa al policial con "La Zurda", un thriller atravesado por cuarteto, violencia institucional y marginalidad juvenil. Un film con tensión social, ritmo callejero y denuncia sin panfleto.

martes 22 de abril de 2025

A más de una década de De Caravana (2010), Rosendo Ruiz retoma su mirada sobre la noche cordobesa, pero esta vez lo hace con un cambio de género y tono. La Zurda (2025) no busca la celebración: es thriller urbano con aroma a tragedia griega, ritmo de cuarteto y adrenalina de persecución. Una película que corre, literalmente, sin freno.

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El director cordobés vuelve a poner el cuerpo –y la cámara– en las calles, en los boliches, en los albergues transitorios donde la juventud marginal sobrevive y sueña. Pero ahora la fiesta se corta pronto: hay un crimen, una fuga, una persecución policial. Y en el medio, dos pibes: Yonatan (Marcio Salas Ramses) y La Zurda (Juan Cruz El Gáname), que solo querían hacer música, salir con sus novias y no terminar muertos ni presos.

El disparador es brutal: un matón (que casualmente trabaja para el padre de la novia de Yonatan) termina asesinando a la joven. ¿Consecuencia? Los únicos sospechosos son, claro, los de siempre: los chicos pobres, los que no tienen abogado ni padrino. Entonces huir se convierte en la única estrategia de defensa.

Ruiz no necesita subrayar: la violencia institucional, el clasismo, la corrupción estructural y el peso del origen social están tejidos en la trama misma. La estigmatización es tan automática como la represión: si no pueden probar su inocencia, tendrán que desenmascarar al verdadero asesino por cuenta propia.

El film mezcla géneros sin complejos: es policial, pero con momentos de musical; es denuncia, pero sin panfleto; es crónica social, pero con ritmo narrativo. La película vibra en sus mejores momentos gracias al nervio de su puesta en escena, al dinamismo de los cuerpos en movimiento, a ese deseo de narrar que Ruiz nunca perdió. Lo narrativo no se detiene ni siquiera cuando los recursos flaquean: hay actores secundarios que no están a la altura y una estructura narrativa algo endeble. Pero el impulso vital del relato las sostiene.

Lo más potente de La Zurda es que, más allá de sus imperfecciones, registra un estado de las cosas, un presente político y social, sin caer en la bajada de línea. La crítica a la desigualdad y a la criminalización de la pobreza no es un decorado: es el motor del conflicto. Los protagonistas no son héroes: son víctimas que intentan no serlo. La lucha es por ser escuchados, por no desaparecer sin dejar rastro, por sobrevivir al estigma.

Y eso, en un cine argentino muchas veces atado a lo simbólico o al efectismo, se agradece.

6.0
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