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Crítica de "Camaleón: el pasado no cambia": La "China" Suárez y Pablo Echarri en un drama sin identidad
En "Camaleón: el pasado no cambia", Eugenia Suárez interpreta a una periodista que, mientras investiga un caso de corrupción, se reencuentra con el artista que marcó su adolescencia. La serie aborda el consentimiento y el poder simbólico del adulto, pero se desarma en un guion errático y una puesta demasiado esquemática que no asume riesgos.
Hay series que buscan incomodar y otras que solo lo insinúan. Camaleón: el pasado no cambia (2025), protagonizada por Eugenia “China” Suárez y Pablo Echarri, pretende instalar una reflexión sobre el poder, el abuso emocional y las huellas del pasado, pero no termina de asumir el riesgo que implica contarlo. En una época en la que el consentimiento se ha convertido en eje del debate cultural, la ficción plantea una relación entre una adolescente de 16 años y un artista adulto como su punto de partida narrativo. El reencuentro años después —cuando Sabrina es ya una periodista profesional— funciona como detonante, pero también como espejo: ¿quién era ella entonces y quién es ahora?
El guion intenta ubicar a Sabrina en el centro del relato, pero oscila entre la denuncia y el melodrama, sin lograr una construcción sólida. Suárez hace lo que puede frente a un personaje que exige una densidad emocional que nunca termina de aflorar, atrapada entre un guion superficial —donde a menudo se pierde el verosímil y la continuidad— y sus propias limitaciones expresivas. Echarri, en cambio, compone a Salvador Carvallo con una ambigüedad medida que esquiva la caricatura. El conflicto no reside solo en lo que ocurrió entre ellos, sino en cómo se recuerda, cómo se justifica y quién detenta el poder de narrarlo.
Desde el subtexto, Camaleón: el pasado no cambia toca un nervio sensible: el del artista como figura impune, protegido por un aura de genio y legitimado por un sistema que rara vez interroga sus excesos. En ese sentido, el relato propone más de lo que logra desarrollar. La serie no toma partido, pero tampoco incomoda con preguntas lo suficientemente filosas. El resultado es una narración que coquetea con la denuncia pero se refugia en las formas conocidas del thriller sentimental.
Con un elenco sólido —Federico D’Elía, Esteban Pérez, Sofía Palomino, Analía Couceyro, Ornella D’Elía y Cecilia Dopazo— y bajo la dirección contenida de Natalia Garagiola, el relato construye climas sugerentes, aunque sin alcanzar una estética propia. La narrativa visual acompaña, pero sin imprimir identidad. La puesta parece esquivar el núcleo espinoso del relato, como si el conflicto central resultara demasiado incómodo para ser abordado de frente. A esto se suman subtramas que desvían el foco —desde el consumo de drogas hasta el lavado de dinero en el mundo del arte— y que terminan por diluir la potencia del conflicto principal.
Camaleón: el pasado no cambia cruza dos mundos —el arte y el periodismo— que funcionan como metáforas del lenguaje, del encubrimiento, del relato que se construye para no ver. El personaje de Sabrina, moviéndose entre pinceladas del pasado y documentos del presente, ofrece una figura poderosa que, sin embargo, no se emancipa completamente del arquetipo de la víctima.
Hay relatos que incomodan por lo que dicen y otros por lo que apenas sugieren. En Camaleón: el pasado no cambia, la tensión está en esa zona gris donde pasado y presente colisionan sin resolución. La serie plantea la relectura de un vínculo marcado por la asimetría y el poder, pero su desarrollo se diluye en una narrativa indecisa. Entre el drama convencional y la intención crítica, el resultado queda a mitad de camino. Le falta riesgo, le falta irreverencia. Lo que no le falta, es actualidad.