Teatro Coliseo

Crítica de “Sandro, el gran show”: Una experiencia teatral intensa que revive al Gitano desde la ficción y el deseo

Con dirección de Ana Sans y Julio Panno, “Sandro, el gran show” propone una inmersión sensorial en la leyenda del ídolo argentino. Alan Madanes deslumbra con una interpretación contenida y compleja que evita el tributo fácil y multiplica el mito desde el conflicto interior.

Crítica de “Sandro, el gran show”: Una experiencia teatral intensa que revive al Gitano desde la ficción y el deseo
martes 15 de abril de 2025

El teatro, como territorio de fisuras, encuentra en Sandro, el gran show su punto de fuga perfecto. Lejos de construir un altar de homenaje plano, la obra dirigida por Ana Sans y Julio Panno se permite una lectura incómoda y poética del ídolo, resucitándolo no desde la mímesis sino desde la tensión simbólica del deseo, la falta y el artificio.

El escenario del Teatro Coliseo funciona como un espejo fragmentado donde la figura de Sandro se multiplica, no para ser entendida, sino para ser encarnada —con contradicción, con pudor, con fuego. Es ese gesto el que la convierte en un homenaje auténtico, y por lo tanto, inquietante.

En el centro de esa grieta está Alan Madanes, cuya actuación no sólo sostiene la dramaturgia, sino que la subvierte con cada gesto. Encarna a un personaje que no logra ser Sandro, pero que tampoco quiere dejar de intentarlo. Esa ambigüedad estructural se traduce en una actuación profundamente contenida, casi clínica, de una corporalidad en disputa constante consigo misma.

Madanes no busca brillar; se permite fallar, transpirar en escena, desarmarse. Desde ese lugar vulnerable, conmueve. Su búsqueda no está en la reproducción del ídolo, sino en exponer el deseo de estar a la altura de un mito que siempre escapa

La decisión dramatúrgica de trabajar con un alter ego —encarnado con fuerza y carisma por Nacho Pérez Cortés— permite que ese conflicto se desdoble escénicamente. El “juego de dobles” no es un truco teatral: es la metáfora perfecta para hablar del lugar que ocupan los mitos en nuestra identidad.

¿Cómo se hereda una leyenda sin quedar atrapado en ella? ¿Qué significa “ser Sandro” cuando Sandro es, a la vez, ídolo, objeto de deseo, recuerdo nacional y figura pop? La obra no responde, sino que formula la pregunta desde múltiples registros físicos, sonoros y visuales.

En ese entramado, Sofía Val y Malena Rossi cumplen un rol fundamental. Lejos del lugar accesorio, sus actuaciones aportan una mirada oblicua y sensible al conflicto central. Ambas encarnan no solo figuras femeninas sino otras maneras posibles de recordar a Sandro, de vivirlo, de interpelarlo e interpretarlo.

Val aporta una melancolía contenida, casi cinematográfica. Rossi irradia energía sin caer en el exceso. Juntas proponen una polifonía femenina que habilita nuevas formas de invocar al ídolo desde lo emocional y lo político.

La dirección coreográfica de Ana Sans, junto con la música en vivo dirigida por José Luis “Pepe” Pagán, completa el mapa sensorial de la puesta. El cuerpo de baile no es ornamento, sino relato: acompaña, subraya y a veces contradice. La música de Sandro, reinterpretada con sutileza, deviene columna vertebral del espectáculo.

Desde clásicos como “Tengo”, “Trigal”, “Rosa Rosa”, “Penumbras”, hasta joyas ocultas como “Abriéndole la puerta al diablo”, cada canción es un nodo emocional que reactiva la memoria colectiva. Las pantallas, el diseño lumínico y el montaje trabajan como capas del mismo tejido ficcional.

Sandro, el gran show no busca seducir con nostalgia ni refugiarse en el fan service. Se arriesga a poner el cuerpo en escena como campo de batalla entre mito y realidad, y lo hace con solvencia estética, emocional y conceptual.

La obra es, en definitiva, una meditación escénica sobre el deseo de ser otro. Y en ese ejercicio, termina hablándonos menos de Sandro y más de nosotros: de cómo habitamos los mitos que amamos, y de lo que estamos dispuestos a perder para tocarlos.

8.0
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