Focos y retrospectivas: siempre lo mejor del Festival de Rotterdam
El legado del video y el cine afro-asiático en el IFFR 2025
El Festival Internacional de Cine de Rotterdam 2025 sorprende con una mirada profunda al impacto del video en la cinefilia y un rescate del cine afro-asiático bajo el "espíritu de Bandung".
Ya hemos hablado aquí sobre mucho de lo nuevo que hemos encontrado en esta edición número 54 del Festival Internacional de Cine de Rotterdam. La cobertura de los festivales suele poner el acento sólo en las premieres mundiales y las competencias oficiales. Se entiende el foco y el recorte, pero de ese modo, en un festival como el IFFR, estamos dejando fuera de campo a lo que –históricamente- es lo más creativo e interesante de su propuesta. Es que, año a año, el festival propone rescates, retrospectivas y diálogos entre cine histórico y contemporáneo de un modo muy personal y arriesgado.
El lugar cada vez más preponderante que el programador Olaf Möller viene ocupando (usualmente se encarga de los territorios germano parlantes, países nórdicos y de la sección de cine recuperado), le hace muy bien al festival. Y sí, cuando las cosas funcionan como corresponde, se traban esas relaciones con quienes programan un festival. Así como sucedió por años en el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata con Marcelo Alderete, Cecilia Barrionuevo y Pablo Conde, allí donde uno encuentra en la grilla o en el catálogo el nombre de Olaf Möller, sabe que corresponde prestar atención a la propuesta. Así lo hemos corroborado, por cierto, en otros Festivales (de Viena al propio Festival de Mar del Plata, donde también supo colaborar como invitado).
Así, este año, el IFFR propuso dos focos ineludibles, de esos que por sí mismos justifican todo un festival. Por una parte, un eje temático del festival todo fue el homenaje al video. Sí, puede parecer extraño, pero si se lo piensa un poco no lo es. Para quienes rondamos los cincuenta años, mucha de la formación cinéfila que adquirimos en la adolescencia se vincula con lo que pudimos descubrir en los videoclubes. Entre la censura, las decisiones de distribución local y la impronta del momento, lo cierto es que los videoclubes se transformaron en centros culturales, sitios de encuentro y debate.
Como corresponde a un festival que no amontona propuestas sino que las pone en diálogo, piensa las partes pero también el conjunto, el eje temático del “video” recorrió todos sus rincones. Así, ese fue uno de los tópicos que abordaron Cate Blanchet y Guy Maddin en su inolvidable charla. Allí destacaron cómo mucho de su formación cinéfila se la debían al VHS. Ambos coincidieron en que, en su adolescencia y juventud, pudieron acceder al cine que no les era contemporáneo y a algunas “rarezas” a través del video y, en su caso, a las películas que se pasaban en la televisión abierta ciertas noches y los sábados o domingos a la tarde (tal como sucedía en Argentina, entre Sábados de superacción, Viaje a lo inesperado y Función Privada). El VHS y el videoclub, contra lo que se decía en el momento, lejos de “matar” el cine, lo fortaleció. Fue la primera oportunidad realmente popular de poder seleccionar y ver las películas en el hogar, formando nuevas generaciones que, como Maddin y Blanchet, entraron por su intermedio a este mundo.
Ya el primer día del festival se proyectó el monumental trabajo del cineasta independiente estadounidense Alex Rosss Perry, Videoheaven. Un trabajo de diez años en el que el director de Her smell, Queen of earth y Analizando a Philip (Listen up Philip) recupera las imágenes de las películas (y hasta de no pocas series) en las que la acción sucede o se ve un videoclub. Acceder a este particular recorte de tantas películas que formaron parte de nuestro primer acercamiento al cine resulta de por sí emocionante. Es eso lo más interesante de una película de tesis que, en cuanto al relato y a la interpretación de lo que vemos se torna por momentos algo reiterativa, redundante y en algún punto superficial.
Más allá de eso, el recorrido (como corresponde) es bien heterogéneo y ecléctico. Por supuesto está Be kind rewind, de Michel Gondry, pero también la última película del canadiense David Cronenberg, The shrouds, presentada en el Festival de Cannes el año pasado y que imagina una empresa cuyo trabajo es instalar cámaras en las tumbas de los familiares para seguir on line, en pantalla, su descomposición. No sorprende el interés sobre el asunto del director que supo anticipar el futuro con la aún actual e inquietante Videodrome. Todo el inicio de su obra lo conocimos en nuestro país gracias al VHS. Muchos lo descubrimos por la recomendación de algún otro cliente del videoclub o de quien lo atendía. Es en eso inasible que forma parte de nuestra cultura en lo que el Festival de Rotterdam puso el foco, y la idea es tan desafiante como pertinente. En ese marco se proyectaron muchas películas que hicieron historia en su momento pese a haber sido lanzadas como “directo para video”, pero tuvieron lugar, también, varios estrenos. Se estrenó la coproducción entre Uruguay y Argentina, Directamente para video, de Emilio Silva Torres y la serie irlandesa Video Nasty.
Otra de las “rarezas” a destacar es, más allá de TODA la sección de cine recuperado (“cinema regained”), el foco puesto en el cine africano y asiático que el IFFR atribuye al “espíritu de Bandung”. En 1955 se llevó a cabo en Indonesia (en la ciudad de Bandung) la primera conferencia afro-asiática, con la idea de articular una unión a la que hoy podríamos identificar como Sur-Sur. Corriéndose de los centros de poder globales, la idea era el diálogo entre las culturas de los dos continentes sin la intermediación europea o estadounidense. Así nació el festival de cine afro-asiático (que se llevó acabo en tres ocasiones (1958 en Uzbekistán, 1960 en El Cairo y 1962 en Yakarta), así como pudo advertirse una impronta en muchos festivales del mundo en los que la mirada política y el proceso de descolonización fue un eje fundamental. Anticipo de lo que luego se vería también en nuestro continente (La hora de los hornos de Fernando Pino Solanas y Octavio Getino y Memorias del subdesarrollo, de Tomás Gutiérrez Alea son de 1968), en Rotterdam se pudieron ver películas que ciertamente han circulado muy poco desde ese entonces. Películas de Vietnam (A Phu and his wife, Loc Mai, 1960), Japón (Ballad of the cart, de Yamamoto Satsuo, 1959), propaganda China (Five Golden flowers y The red detachment of women, 1959 y 1961, respectivamente), Tailandia (Santi-Vina, 1954), Indonesia (Turang, 1958), India (Veerapandiya Kattabonmman, 1959), Líbano (Where to?, 1957), entre otros orígenes. Muchas de ellas en proyecciones en 35 milímetros.
Lo dijimos. Lo reiteramos. Esto solo ya justifica un festival de cine. Gracias IFFR por esto. También.