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Crítica de "El Hoyo 2": Reglas y distracciones poéticas en una violenta secuela

La continuación de la exitosa película española de ciencia ficción busca ampliar el universo planteado en la primera entrega, pero en su afán por innovar, pierde parte del ingenio social y de la provocación que definió a su predecesora.

miércoles 16 de octubre de 2024

El Hoyo (2019) fue una revelación. Dirigida por Galder Gaztelu-Urrutia, la película irrumpió en festivales como Sitges y Toronto, donde cosechó premios y elogios por su brutal metáfora sobre la desigualdad social. La premisa —una plataforma desciende por niveles de una prisión vertical, y los reclusos deben sobrevivir con los restos que los de arriba van dejando— fue tan sencilla como demoledora. La analogía con el capitalismo, el egoísmo humano y la lucha por la supervivencia le otorgaron una potencia crítica que fue condecorada por el público. Netflix le dio masividad durante la pandemia y se hizo de los derechos de un producto para continuar con su exploración. Ahora, con esta segunda parte, tenemos una nueva historia dentro de ese perturbador universo de supervivencia, pero con resultados irregulares.

El Hoyo 2 (2024) intensifica la violencia y la desesperación, pero pierde parte del ingenio y la frescura que caracterizó a la original. La principal fortaleza de la primera fue ser directa. La secuela, en cambio, pretende potenciar ese legado con la incorporación de recursos de mayor complejidad narrativa como flashbacks, poesía sonora y visual y secuencias que pretenden ilustrar pensamientos. Esta conjunción desvía la atención de la crítica social y, en lugar de profundizar, distraen y marean. Las elecciones podrían haberse dosificado para hacer brillar la historia. Sin embargo, hacen que nos distanciemos del tono visceral que conseguía conectar con ese futuro distópico tan palpable. Las nuevas capas que agrega la película le restan credibilidad al mundo previo, transformando lo que era una metáfora profunda en una propuesta más estilizada pero menos impactante.

Uno de los elementos que más llama la atención en esta secuela es la introducción de reglas y castigos. La idea de un sistema regulado dentro de una estructura de poder (con niveles) tan caótica como la plataforma resulta interesante. ¿Cómo cambiaría la dinámica de lo ya visto si los prisioneros tuvieran que cumplir determinadas reglas? La película nunca explora este concepto con la intensidad que merece. Todo se precipita de manera abrupta por las opiniones cruzadas con respecto a esos límites. Los potenciales castigos para quienes rompen las reglas son utilizados como amenazas para lograr mantener la tensión de la estructura narrativa, pero el guion insiste en articular esto con la lógica del caos y el egoísmo que definió a El Hoyo. Esto hace que cada elemento pierda lucidez al ser víctima del desenfreno. La comparación con la serie El juego del calamar (Squid Game, 2021-), otro producto de Netflix, es inevitable, ya que ambos apuntan a cuestionar sistemas violentos bajo el disfraz de competencia/supervivencia.

A pesar de sus altibajos y erradas licencias poéticas, El Hoyo 2 logra mantener el interés. Con un primer acto rimbombante, la tensión constante y la brutalidad visual son puntos fuertes que garantizan entretenimiento. Milena Smit (Madres paralelas) brilla en el rol protagónico y Óscar Jaenada —el actor que da vida al papá de Luis Miguel en la serie biográfica— añade intriga y curiosidad con su personaje.

Las escenas más recordadas serán cuando la película decide ir de manera directa a su objetivo descarnado, brutal e ingenioso, como una analogía social necesaria. El desvío hacia territorios más artísticos, le hace perder eficacia y la aleja de la contundencia reflexiva que tan bien supo construir.

El Hoyo 2 es una secuela entretenida pero desprovista del impacto social y emocional que hizo de la primera película un fenómeno. Un producto más orientado al consumo rápido (como en estos tiempos de streaming post pandémicos) que al análisis profundo, político y de crítica social.

5.0
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