Gaumont
Crítica de "La otra memoria del mundo": Una oda al archivo fílmico
En "La otra memoria del mundo" se explora cómo un edificio, una persona y el cine como expresión cultural poseen un tiempo, un espacio y un lugar intangible que desafían la fugacidad de lo efímero.
Si algo es seguro, es que si la cinematografía tuviera memoria, esta sería en blanco y negro. Por eso, el primer gran acierto de La otra memoria del mundo (Mariela Pietragalla, 2023) es haber sido filmada con un expresivo blanco y negro, creando el ambiente perfecto para la trilogía que protagoniza el documental: el edificio del archivo, Rafael Corral, el hombre que lo habita, y la historia del cine. Todos confluyen en una sintonía que unifica el relato.
Inspirada en Toute la mémoire du monde (Alain Resnais, 1956), donde un edificio se convierte en el guardián de una cantidad inconmensurable de información —en ese caso, la Biblioteca Nacional de París—, La otra memoria del mundo nos lleva a un recorrido similar a través del Archivo Nacional. A lo largo de los años, se exploran sus pasillos, ascensores y maquinarias obsoletas que pronto nadie sabrá utilizar, reflejando la desidia de las autoridades encargadas de preservar tantas historias intangibles.
El recorrido es prodigioso desde lo estético y lo sonoro, con un montaje que se expresa por sí solo, sin necesidad de excesivas explicaciones. La narración corre a cargo de Rafael Corral, un hombre de 90 años que, en menos de cinco minutos, conquista al espectador. Corral se sumerge en un meticuloso ritual: revisar películas antiguas. Su objetivo es encontrar una joya cinematográfica de 1956: Luces de candilejas, protagonizada por el cantante Miguel de Molina. Pero su búsqueda no se debe solo a la nostalgia; Rafael formó parte del ballet de la película y compartió una relación inolvidable con el elenco. La fragilidad de esa búsqueda refleja la fragilidad de la memoria humana.
Cada vez que la película parece extenderse demasiado, algo aparece para dinamizar el plano. El uso del archivo aporta belleza y fuerza, pero no se abusa de este recurso, pues no se trata de un documental centrado únicamente en materiales de archivo. La película tiene identidad propia, al igual que el edificio que la alberga, la persona a cargo y el cine. Una trilogía inseparable que deja claro que no está muerto quien es recordado. Por eso, el cine y el arte en general son siempre necesarios: preservan la memoria y generan identidad.