Crítica de "Puentes": Trenes, aviones y revólveres

El tránsito entre la infancia y la adultez, ese punto de quiebre que rara vez admite retorno, constituye el núcleo narrativo de la ópera prima de Julián Giulianelli. "Puentes" observa ese pasaje desde una puesta en escena austera, apoyada en gestos mínimos y situaciones cotidianas que, lejos de atenuar el impacto, lo vuelven más reconocible.

Crítica de "Puentes": Trenes, aviones y revólveres
jueves 09 de diciembre de 2021

Matías, Pedro y Tomás comparten la rutina escolar y un entorno marcado por familias desarticuladas, adultos ausentes y un sistema educativo que funciona como telón de fondo más que como contención. Sus días transcurren entre juegos, pequeñas transgresiones y un tiempo suspendido que parece no avanzar. Ese equilibrio precario se quiebra cuando, de manera fortuita, aparece un arma perteneciente al padre de Pedro. La muerte de Tomás introduce una experiencia irreversible y altera para siempre la vida de los otros dos chicos, que ahora deberán vincularse con Analía, la hermana del amigo perdido. La infancia se interrumpe sin transición posible.

La película dialoga con ciertas tradiciones del cine contemporáneo que ha trabajado la adolescencia desde el despojo narrativo y la observación distante. Sin embargo, esas referencias no funcionan como imitación sino como punto de partida para una mirada propia, que se afirma en decisiones formales precisas y en una ética del relato coherente.

El film se organiza en dos movimientos claros. En el primero, Giulianelli retrata un mundo infantil sostenido por la repetición: padres que no miran, docentes que no escuchan, una sociedad que apenas registra la existencia de esos cuerpos jóvenes. El segundo movimiento comienza con la muerte de Tomás, que ocurre fuera de campo, una elección que evita el impacto explícito y desplaza el foco hacia las consecuencias. A partir de allí, los personajes emprenden un recorrido nocturno por la ciudad, una suerte de viaje iniciático en el que se enfrentan a situaciones desconocidas sin la mediación de ningún adulto.

Ese desplazamiento físico es también simbólico. Los chicos se mueven entre espacios que antes observaban a distancia: el tren que miraban desde el puente, la calle como lugar de permanencia, la cercanía con el delito, la sexualidad ofrecida como mercancía. Cada experiencia los coloca en un territorio ambiguo, donde ya no son niños pero tampoco adultos. La muerte, ahora cercana, redefine su percepción del tiempo y del deseo.

La cámara acompaña ese proceso sin intervenir. Giulianelli adopta un punto de vista único y sostenido: el de los protagonistas. No hay juicios externos ni explicaciones que ordenen el sentido. La narración se construye desde la experiencia directa, siguiendo el comportamiento de los chicos con una lógica casi observacional, como si el film se limitara a registrar lo que sucede cuando nadie guía.

La fotografía, con colores saturados y virajes hacia el sepia, refuerza la materialidad de ese mundo, mientras que la música de Gepe aparece de manera puntual, sin subrayados. Su función no es intensificar el drama sino ofrecer pausas, permitir que las imágenes respiren y que la narración se sostenga por sí misma.

Es posible que parte del público se resista a un cine que privilegia la observación por sobre la acumulación de acontecimientos. Sin embargo, Puentes propone una pregunta simple y contundente: ¿puede decirse que no pasa nada cuando, a los doce años, la vida irrumpe de forma definitiva? La película demuestra que, incluso en la aparente quietud, se produce una transformación total.

Sin recurrir a fórmulas ni a discursos explicativos, Puentes construye un retrato del pasaje a la adultez desde la experiencia, la pérdida y la incertidumbre. Un relato que invita a ser pensado en distintos ámbitos —la familia, la escuela, el grupo de pares— y que confirma que, a veces, lo esencial ocurre en silencio.

8.0
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