MUBI
Crítica de "Rosebush Pruning": Karim Aïnouz y una sátira fallida, incómoda y aburrida
Karim Aïnouz lleva el privilegio y la violencia familiar al terreno del absurdo en "Rosebush Pruning", una sátira que termina perdida en su provocación.
Karim Aïnouz encierra a una familia estadounidense adinerada bajo el sol catalán y la deja entregada a sus deseos, resentimientos y secretos, en una casa donde el dinero parece haber resuelto todo menos la convivencia. Callum Turner, Riley Keough, Jamie Bell, Lukas Gage y Elena Anaya forman parte de ese núcleo al que se suman Tracy Letts, Elle Fanning y Pamela Anderson. Hay ropa de diseñador, música pop, sexo, ocio y una búsqueda constante de reconocimiento entre personajes que parecen necesitarse tanto como se rechazan. La llegada de un extraño termina de alterar un equilibrio que, en realidad, nunca fue tal y deja al descubierto una familia sostenida por el privilegio, pero también por relaciones de poder que tarde o temprano tenían que estallar.
Aïnouz quería cambiar de perspectiva después de varias películas centradas en personajes femeninos y colocar esta vez la mirada sobre la masculinidad y, en particular, sobre la figura paterna. La idea tenía posibilidades: observar una familia blanca privilegiada desde el encierro, convertir la casa en un pequeño mundo y dejar que sus integrantes se destruyeran sin demasiada ayuda exterior. El problema es que Rosebush Pruning (2026) nunca parece confiar del todo en esa premisa y necesita empujar cada situación un poco más. Así, lo que podría haber sido una observación sobre el poder dentro de la familia termina convertido en un rejunte de escenas absurdas, comportamientos tóxicos y momentos directamente incomprensibles, como si provocar una reacción en el espectador fuera suficiente para sostener la película.
La presencia de Efthimis Filippou en el guion acerca inevitablemente la película al universo que desarrolló junto a Yorgos Lanthimos: diálogos extraños, personajes emocionalmente distantes, familias deformadas, humor incómodo y una violencia que aparece cuando menos se la espera. Pero Aïnouz se queda muchas veces con la superficie de esos recursos. El absurdo funciona mientras debajo exista algo que permita entender por qué estamos mirando aquello que estamos mirando; cuando solo queda la rareza, empieza a sentirse como una pose. Rosebush Pruning insiste tanto en sorprender que termina consiguiendo exactamente lo contrario. Después de cierto punto ya esperamos la próxima escena incómoda, el siguiente comportamiento inexplicable o una nueva provocación. Y cuando todo pretende escandalizar, prácticamente nada escandaliza.
Es ahí donde una película cargada de situaciones termina siendo, paradójicamente, aburrida. No porque no sucedan cosas, sino porque casi todas responden al mismo mecanismo. Aïnouz explicó el sentido de la historia a través de la metáfora que contiene el título: si las personas son rosas, las familias son rosales y los rosales necesitan ser podados. Detrás de esa imagen está la idea de una violencia que se transmite de generación en generación y la posibilidad de interrumpirla, aunque para hacerlo pueda ser necesaria otra forma de violencia. Esa contradicción probablemente sea lo más interesante de Rosebush Pruning, pero queda sepultada bajo una película demasiado ocupada en exhibir sus excentricidades. Cuando deja de hacerlo y simplemente observa a esos padres, hijos, hermanos y amantes buscando afecto entre personas que parecen incapaces de darlo, aparece por momentos otra película, bastante más cercana y perturbadora.
Rosebush Pruning quiere hablar del privilegio, de la masculinidad, del patriarcado y de una familia que necesita destruir parte de lo heredado para poder continuar. El material estaba ahí, pero Aïnouz parece tan preocupado por incomodar que termina haciendo visible el mecanismo detrás de cada provocación. La película se vuelve consciente de sí misma, insiste, subraya y vuelve a insistir hasta que la incomodidad se transforma en distancia y la distancia en tedio. Quedan algunas imágenes, algunos momentos de humor y la sensación de que detrás de tanto ruido había una historia que merecía encontrar otra forma de ser contada. La metáfora del rosal termina funcionando incluso mejor de lo previsto: Aïnouz quería podarlo para descubrir qué podía volver a crecer, pero podó tanto que al final quedó muy poco.