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Crítica de "Margarita Xirgu, una actriz entre dos continentes": Blanca Oteyza entre la memoria y el escenario

Con una puesta despojada y la interpretación de Blanca Oteyza como centro, la obra reconstruye a Margarita Xirgu desde la memoria, el exilio y las marcas de una vida atravesada por el teatro.

Crítica de "Margarita Xirgu, una actriz entre dos continentes": Blanca Oteyza entre la memoria y el escenario
domingo 16 de agosto de 2026

Contar la vida de Margarita Xirgu supone enfrentarse a una biografía donde casi todo parece tener dimensión teatral: el descubrimiento temprano del escenario, Federico García Lorca, el estreno póstumo de La casa de Bernarda Alba, un amor prohibido, la Guerra Civil, el exilio y la imposibilidad de regresar a España. Margarita Xirgu, una actriz entre dos continentes, con dirección de Javier Demaría, elige narrar ese recorrido desde un dispositivo que evita la reconstrucción de época y reduce la escena a sus elementos esenciales. La decisión de Demaría parece sostenerse justamente en ese contraste: cuanto más extensa y accidentada es la vida que se cuenta, menos necesita el escenario para evocarla. El espacio vacío deja de ser una ausencia y se convierte en el territorio donde los recuerdos aparecen, se cruzan y desaparecen.

Ese despojamiento coloca inevitablemente a Blanca Oteyza en el centro. Su Xirgu habla en primera persona y atraviesa su propia existencia como quien vuelve sobre imágenes que todavía conserva: por momentos las observa con humor; en otros, deja aparecer la tristeza sin convertirla en gesto declamatorio. Oteyza evita la imitación y la distancia que podría imponer un personaje histórico de esta dimensión. Construye, en cambio, una Xirgu consciente de su talento, pero también de las pérdidas acumuladas. Su actuación crece en la economía del gesto y en una voz capaz de pasar de la evocación a la confidencia, generando una cercanía con el espectador que dialoga con el despojamiento elegido por Demaría. No estamos frente a Xirgu convertida en institución teatral, sino ante una mujer que recuerda lo que hizo y, sobre todo, aquello que ya no puede recuperar.

La presencia en vivo del bandoneón de Julio Coviello rompe esa soledad sin llenar el vacío. No funciona únicamente como acompañamiento musical: introduce otra voz dentro de una escena dominada por la palabra y establece un vínculo con el Río de la Plata, territorio que terminó formando parte de la geografía vital de Xirgu. En lugar de escenografías que reproduzcan España, los viajes o el exilio, la dirección confía en la capacidad de evocación. Los paisajes no están sobre el escenario: se construyen en la imaginación del espectador. Esa decisión sostiene algunos de los momentos de mayor intensidad, aunque también expone una fragilidad: cuando la narración acumula acontecimientos, el espectáculo corre el riesgo de acercarse al relato biográfico ilustrado y perder parte de su tensión dramática.

Es precisamente esa tensión entre narrar una vida y transformarla en experiencia teatral la que define la propuesta de Demaría. Cuando la obra se detiene en ordenar episodios, Xirgu queda atrapada por momentos en su propia biografía; cuando el texto, el cuerpo de Oteyza, los silencios y el bandoneón consiguen desprenderse del dato histórico, aparece otra dimensión. El minimalismo de la puesta no intenta reconstruir el mundo de Margarita Xirgu, sino dejar el espacio necesario para que regrese convertido en memoria. Allí la obra encuentra su identidad: no en explicar por qué Xirgu ocupa un lugar en la historia del teatro del siglo XX, sino en permitir que detrás de ese nombre vuelva a aparecer una mujer atravesada por el reconocimiento, el amor, la pérdida y el desarraigo, que murió lejos de una tierra a la que nunca pudo regresar.

7.0
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