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Crítica de "Sebastián": ¿hay que prostituirse para tener algo que contar?

En su segundo largometraje, Mikko Mäkelä sigue a un joven escritor que convierte el trabajo sexual en materia para su primera novela. "Sebastian" encuentra su zona más interesante cuando deja de preguntarse cuánto hay de verdad en lo escrito y observa cómo la ficción comienza a modificar la vida de quien escribe.

Crítica de "Sebastián": ¿hay que prostituirse para tener algo que contar?
lunes 10 de agosto de 2026

Max (Ruaridh Mollica) tiene 25 años, vive en Londres y quiere ser escritor. Mientras intenta hacerse un lugar en el circuito literario, trabaja en una novela protagonizada por Sebastian, un joven que ejerce el trabajo sexual. Lo que nadie sabe es que esas páginas no provienen de entrevistas ni de una investigación convencional. Max adopta el nombre de su personaje, comienza a trabajar como escort y escribe a partir de sus encuentros.

La idea podría haber derivado hacia una película sobre los riesgos de una doble vida. Mäkelä elige un camino que me resulta más interesante: Max crea a Sebastian para escribir, pero poco a poco Sebastian comienza a revelar aspectos de Max que la literatura, por sí sola, no podía alcanzar. La experiencia deja de ser solamente material para la novela y empieza a intervenir sobre quien la escribe.

Es ahí donde la autoficción ocupa un lugar central. Max cree que existe una frontera entre vivir y narrar: primero ocurre la experiencia y después llega la escritura. Pero contar supone seleccionar, ordenar y transformar. La verdad y la ficción terminan mezclándose hasta que resulta difícil separarlas, una de las operaciones que definen el territorio autoficcional.

Sebastián (2024) encuentra una forma concreta de mostrarlo. Max vuelve de sus encuentros, abre la computadora y escribe. El cuerpo experimenta; el escritor convierte esa experiencia en relato. Al principio parece controlar el procedimiento, pero Sebastian deja de funcionar como un simple seudónimo. Bajo ese nombre Max se permite deseos, vínculos y comportamientos que todavía observa con cierta distancia cuando vuelve a ser Max.

Ruaridh Mollica sostiene buena parte de la película desde esa contradicción. No interpreta dos personajes distintos, sino a alguien que todavía no sabe cuánto hay de sí mismo en el personaje que ha creado. Esa incertidumbre vuelve cercano a Max y evita que Sebastian quede reducida a su componente sexual.

También aparece, aunque podría haberse desarrollado más, una discusión sobre el ambiente editorial y su búsqueda de experiencias personales convertibles en literatura. Max parece convencido de que imaginar ya no alcanza: para escribir algo verdadero necesita vivirlo. Allí la película se acerca a lo que Alberto Giordano observa sobre una cultura que otorga un valor particular a las ficciones construidas con materiales de la intimidad y recibidas bajo las ideas de autenticidad y exposición.

No todo encuentra el mismo desarrollo. El guion abre cuestiones alrededor del trabajo sexual, el mercado literario, el deseo y la identidad que por momentos apenas alcanza a recorrer. Curiosamente, Sebastian crece cuando baja la intensidad de su premisa y deja entrar el afecto. Max comienza buscando experiencias que pueda utilizar y termina descubriendo personas capaces de afectarlo.

La película de Mäkelä no necesita resolver del todo quién es Max ni quién es Sebastian. Su interés está precisamente en esa zona intermedia. Como plantea Sergio Blanco al pensar la autoficción, escribir sobre uno mismo supone también fabricar otro yo: la búsqueda de una identidad termina produciendo una construcción.

Quizás por eso Sebastian resulta más tierna que provocadora. Max comienza utilizando una identidad inventada para conseguir una novela. Cuando esa identidad empieza a quedarse con una parte de su vida, comprende algo que no estaba en su proyecto literario: a veces uno inventa un personaje para esconderse y termina encontrándose dentro de él.

7.0
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