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Crítica de "Fulboy": Intimidad de vestuario

Estigmatizada por los medios, la imagen del jugador de fútbol está relacionada con la idea del no trabajo, cero sacrificio y cierta vida fácil generadora de grandes sumas de dinero que conquista mújeres hermosas. ¿Pero siempre es así? "Fulboy" (2014) se mete en la intimidad de la concentración de un equipo de fútbol argentino para desmitificar esa idea y a la vez trabajar sobre la relación física que los futbolistas tienen con el cuerpo propio y ajeno en esa intimidad grupal.

Crítica de "Fulboy": Intimidad de vestuario
lunes 03 de agosto de 2026

Desde el comienzo queda claro que Martín Farina puede acceder a ese universo porque es el hermano de Tomás Farina, futbolista profesional. El propio documental explicita esa condición cuando, en medio de una discusión sobre cómo debe construirse la película, uno de los jugadores le dice: "Si vos estás acá es porque sos el hermano de Tommy; si hubieras sido otro, acá no entrás". La frase funciona como una declaración de principios. No solo reconoce el privilegio que hizo posible la filmación, sino que también marca el límite entre un espacio reservado y la mirada pública. Fulboy existe porque hubo un vínculo de confianza capaz de abrir una puerta que normalmente permanece cerrada.

Ese acceso privilegiado no busca alimentar el morbo ni reforzar el mito del futbolista exitoso. Por el contrario, Farina utiliza esa cercanía para desmontar una imagen construida durante décadas por los medios. Detrás de esos cuerpos convertidos en héroes deportivos aparecen hombres atravesados por las dudas, la presión y el miedo. Futbolistas conscientes de que, dentro de la lógica del mercado, su cuerpo también es un bien de consumo: hoy puede valer millones y mañana perder todo su valor. La película deja al descubierto esa contradicción sin necesidad de subrayarla.

El cuerpo se convierte entonces en el eje sobre el que gira todo el documental. La cámara ingresa a vestuarios, habitaciones y espacios de concentración donde la prensa nunca entra. Allí registra la desnudez física de los jugadores, pero también otra mucho menos evidente: la emocional. A medida que avanza el relato afloran inseguridades, frustraciones y temores que rara vez encuentran lugar en el discurso oficial del deporte profesional. Son hombres que no tienen inconvenientes en exhibir el cuerpo desnudo frente a sus compañeros, pero que todavía sienten la necesidad de ocultar cualquier rasgo que pueda interpretarse como una señal de debilidad. El mandato de la masculinidad sigue operando con fuerza incluso en la intimidad.

Farina también observa cómo esos cuerpos construyen vínculos entre sí. Entre bromas, juegos físicos y demostraciones constantes de contacto aparece una relación cargada de ambigüedad. Gestos que rozan lo homoerótico sin convertirse nunca en un discurso explícito, porque el propio universo futbolístico impone límites sobre aquello que puede decirse o mostrarse. La película no fuerza interpretaciones ni busca provocar; simplemente deja que esas situaciones existan frente a la cámara y permite que el espectador cuestione las contradicciones de una masculinidad que necesita reafirmarse de manera permanente.

Pero esos cuerpos también hablan desde las marcas que acumulan. Cicatrices, raspones, golpes y lesiones aparecen registrados con una atención casi clínica mientras los jugadores descansan en el spa del hotel durante la concentración previa al partido decisivo. Son cuerpos moldeados para el rendimiento, pero también desgastados por una actividad que exige llevarlos al límite de forma constante.

En ese sentido, Fulboy revela una intimidad pocas veces registrada por el cine. La fantasía construida alrededor del futbolista —el dinero, la fama, los contratos millonarios y las modelos— apenas alcanza a un grupo reducido. La mayoría sostiene una rutina de entrenamiento de seis o más horas diarias, sin fines de semana, lejos de sus familias y, muchas veces, en condiciones que distan de la imagen de lujo asociada al deporte profesional.

Sin embargo, la película evita caer en una mirada complaciente. Farina no presenta a los futbolistas como víctimas de un sistema, sino como parte de una estructura que los condiciona y de la que, al mismo tiempo, aceptan formar parte. Esa tensión atraviesa toda la película y le otorga espesor a su propuesta. El documental no pretende denunciar ni idealizar; observa cómo funciona un engranaje donde el cuerpo es capital, herramienta de trabajo y mercancía al mismo tiempo.

La cercanía entre director y protagonista fue la condición que hizo posible este registro excepcional, pero el verdadero valor de Fulboy no reside únicamente en mostrar aquello que normalmente permanece oculto. Su mayor acierto consiste en cuestionar la representación pública del futbolista. Allí donde la televisión construye ídolos casi inalcanzables, Farina encuentra personas. Y en esa distancia entre el espectáculo y la experiencia cotidiana es donde el documental encuentra su mayor fuerza.

8.0
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