Festival de Cine Alemán
Crítica de “Babystar”: Joscha Bongard y el 'family influencing', cuando la familia se convierte en contenido
La película de Joscha Bongard se mete en la intimidad de una familia de influencers para mostrar qué ocurre cuando el afecto, la exposición y el negocio dejan de tener fronteras claras.
Babystar (2025) retrata la vida de Luca (Maja Bons), una adolescente de 16 años que creció frente a las cámaras junto a sus padres, Stella (Bea Brocks) y Chris (Liliom Lewald). Desde antes de nacer, cada momento de su vida fue convertido en contenido para our_bright_life, el emprendimiento familiar en redes sociales que acumula millones de seguidores y genera importantes ingresos. Todo parece funcionar bajo las reglas de una familia perfecta: videos, fotografías, promociones, streaming y una vida cuidadosamente diseñada para ser consumida por los demás. Pero ¿qué sucede puertas adentro cuando esa imagen deja de ser solamente una representación y comienza a organizar la vida cotidiana?
El conflicto aparece cuando los padres deciden tener otro hijo. Para Luca no se trata simplemente de la llegada de un hermano: significa perder el lugar central que ocupó desde su nacimiento y, con él, una posición dentro del negocio familiar. Lo que inicialmente parece una crisis adolescente vinculada con los celos revela algo más profundo: Luca aprendió a relacionar el amor y la atención de sus padres con su capacidad para funcionar como contenido. La familia no necesita ejercer una violencia evidente para producir una relación de poder: alcanza con que cada gesto afectivo esté atravesado por la posibilidad de convertirse en contenido en una sociedad altamente capitalizada.
La forma cinematográfica de Babystar no se limita a contar el universo de las redes sociales, sino que construye una imagen publicitaria cuidadosamente controlada, donde cada fotografía, gesto y escenario transmite una sensación de felicidad permanente. La cámara puede entonces convertirse en pantalla de celular, perfil de Instagram o TikTok, para mostrar cómo Luca termina observándose a sí misma a través de la mirada de los demás. “Soy adicta a TikTok”, dice en un momento, y la frase funciona menos como una confesión individual que como la expresión de una identidad construida a partir de la aprobación externa. La película contrapone esa imagen perfectamente iluminada con los momentos en que la protagonista queda fuera de escena y aparece su vulnerabilidad.
La sátira funciona justamente porque Babystar no construye a los padres como villanos tradicionales. Stella y Chris también están atrapados en el mismo sistema que explotan: necesitan producir permanentemente una imagen de felicidad para sostener el negocio y, al mismo tiempo, confunden esa representación con su propia vida. En ese sentido, el problema no es solamente que hayan convertido a su hija en una mercancía, sino que todos parecen haber aceptado las reglas de un sistema en el que la intimidad tiene valor únicamente cuando puede ser exhibida.
El debut de Bongard —quien antes trabajó en una red dedicada a gestionar y comercializar youtubers— resulta más incómodo precisamente porque muestra personas que ya no saben dónde termina su vida privada y dónde comienza el contenido. En ese espacio entre la intimidad y la publicación, entre el amor y la monetización, se encuentra el verdadero conflicto de la película.