Festival de Cine de San Sebastián 2026 - Competencia Oficial
Crítica de "Mis muertos tristes", la serie de Pablo Larraín basada en cuentos de Mariana Enriquez, con Mercedes Morán y Dolores Fonzi
Pablo Larraín adapta a Mariana Enriquez en una serie donde Mercedes Morán sostiene, con el cuerpo y la ironía, una historia sobre los muertos que produce el abandono.
Mis muertos tristes (2026) parte del cuento homónimo de Mariana Enriquez, incluido en Un lugar soleado para gente sombría (Anagrama), y suma personajes y situaciones de “Julie”, “Cuando hablábamos con los muertos” y “Un lugar soleado para gente sombría”. Pablo Larraín reúne esos relatos en una miniserie de cuatro episodios —presentada en San Sebastián como un largometraje— donde los fantasmas no llegan para alterar la realidad: ya forman parte de ella. Son el regreso de aquello que una familia, un barrio y un país intentaron dejar atrás.
La historia transcurre en Piedrabuena y tiene como protagonista a Ema (Mercedes Morán), una médica jubilada que puede ver y escuchar a los muertos. Los llama “presencias”, como si evitar sus nombres le permitiera mantenerlos a distancia. Lleva años conviviendo con ellos y ha aprendido a no responderles. Ese equilibrio se rompe con la muerte de su madre y la llegada de Julie (Carolina Sánchez Álvarez), su sobrina, que comparte el mismo don, pero lo vive de otra manera.
Ema establece límites para impedir que los muertos alteren su rutina. Julie, en cambio, experimenta el contacto con ellos a través de su cuerpo, incluso en el terreno sexual. Una intenta contener lo que ve; la otra no puede —o no quiere— separar esas presencias de su vida. El contraste plantea dos formas de enfrentar una herencia que ninguna de las dos eligió.
La situación cambia cuando tres adolescentes son asesinadas en el barrio. Lo que hasta entonces parecía una carga personal de Ema comienza a extenderse por las casas y a modificar la vida cotidiana de los vecinos. A Larraín no le interesa generar dudas sobre las apariciones: desde el comienzo sabemos que existen. La pregunta no es si los fantasmas son reales, sino por qué permanecen entre los vivos y qué les reclaman.
Mercedes Morán evita convertir a Ema en una médium destinada a reparar injusticias. Compone a una mujer agotada, de respuestas cortantes y humor áspero, que teme menos a los muertos que a la responsabilidad de escucharlos. Su rechazo puede parecer egoísta, pero también funciona como una forma de supervivencia: si respondiera a cada reclamo, su vida quedaría sometida al dolor ajeno. La actriz hace convivir el cansancio del personaje con su indiferencia y muestra que su capacidad para comprender lo que sucede no necesariamente la vuelve más compasiva.
Las mujeres de su familia obligan a Ema a revisar ese aislamiento. Carolina (Dolores Fonzi), su hija, carga con años de reproches y conversaciones pendientes. Lidia (Alejandra Flechner), hermana de Ema y madre de Julie, reacciona con temor ante una experiencia de su hija que no consigue comprender. En Julie, la distancia que Ema intenta conservar desaparece por completo: las presencias atraviesan su cuerpo y condicionan sus vínculos. Las cuatro forman una familia que transmite sus heridas de una generación a otra porque nunca encontró una manera de hablar de ellas.
El conflicto deja de ser familiar cuando las presencias comienzan a extenderse por Piedrabuena. Algo similar ocurre con el agua que sale del tanque: aquello que parecía contenido entra en las casas y alcanza los cuerpos. Los muertos y el agua siguen el mismo recorrido. Ambos llevan al interior de cada hogar un problema que afecta a todo el barrio. A medida que las presencias se multiplican y el agua continúa su recorrido, algunos hechos comienzan a coincidir de manera inexplicable. Ema es la única que empieza a comprender qué los une. Por primera vez reconoce que aquello que durante años mantuvo a distancia ya no puede quedar fuera de su vida. Y empieza a actuar.
Las apariciones interrumpen el olvido. Hacen ruido, ocupan las casas y obligan a los vivos a mirar aquello que habían aceptado como parte del entorno. Los crímenes dejan de ser una noticia que circula durante unos días y después desaparece. Las víctimas recuperan una presencia que la vida cotidiana les había quitado.
En ese punto, la literatura de Enriquez se encuentra con el cine de Larraín. Ambos observan sociedades que aprendieron a convivir con situaciones que deberían resultar intolerables. En Mis muertos tristes, el pasado no regresa para ofrecer una lección histórica, sino porque sus consecuencias todavía forman parte del presente.
La miniserie encuentra allí su sentido político. Los muertos no vuelven para vengarse ni porque hayan perdido el camino. Vuelven porque nadie respondió por ellos. En una sociedad que convirtió el abandono en costumbre, hacerse presentes es su última manera de reclamar.