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Crítica de "Enzo": Robin Campillo y un retrato de la incertidumbre adolescente firmado por Laurent Cantet

"Enzo" aborda la adolescencia, la identidad y el conflicto entre las expectativas familiares y la búsqueda personal en un drama francés de narrativa contenida.

Crítica de "Enzo": Robin Campillo y un retrato de la incertidumbre adolescente firmado por Laurent Cantet
domingo 02 de agosto de 2026

No todos los adolescentes rompen con las expectativas de sus padres de la misma manera. En Enzo (2025), el protagonista no se rebela con grandes gestos ni discursos. Simplemente abandona los estudios, rechaza el futuro que parecía tener asegurado y decide trabajar como aprendiz de albañil. Esa elección desconcierta a su familia burguesa y funciona como punto de partida para una película que prefiere observar las dudas antes que explicarlas.

El último proyecto concebido por Laurent Cantet y terminado por Robin Campillo sigue a Enzo (Eloy Pohu), un chico de dieciséis años que vive con sus padres en el sur de Francia. Mientras su padre, un profesor interpretado por Pierfrancesco Favino, insiste en que continúe estudiando, él encuentra en la albañilería un espacio donde intenta construir una identidad propia, aunque ni siquiera tenga claro qué está buscando. Allí conoce a Vlad (Maksym Slivinskyi), un obrero ucraniano cuya presencia terminará alterando su manera de mirar el mundo y de mirarse a sí mismo.

La película podría haberse convertido en un enfrentamiento entre dos formas de entender el futuro o en un drama sobre las diferencias de clase. Sin embargo, Campillo evita ese camino. El conflicto nunca explota porque entiende que el verdadero problema no está en los padres ni en el trabajo, sino dentro de un adolescente incapaz de poner en palabras aquello que siente. Esa decisión le da al relato una naturalidad poco frecuente, aunque también exige paciencia: Enzo avanza más por acumulación de pequeños gestos que por grandes acontecimientos.

Ese mismo enfoque explica tanto sus aciertos como sus limitaciones. Eloy Pohu compone un protagonista reservado, casi impenetrable, cuya dificultad para expresar emociones termina marcando la experiencia del espectador. La película confía en que el silencio alcance para revelar quién es Enzo, pero no siempre sucede. Hay momentos en los que esa contención deja de ser un recurso narrativo y empieza a levantar una barrera emocional.

La historia encuentra otro impulso cuando Vlad gana protagonismo. Su relación con Enzo nunca necesita definiciones tajantes. Entre ambos conviven admiración, deseo, curiosidad y la búsqueda de un lugar al que pertenecer. Campillo evita etiquetar ese vínculo y acierta al dejar que evolucione sin convertirlo en una explicación del protagonista. Mientras Enzo intenta escapar de un destino escrito por su entorno, Vlad carga con una realidad mucho más concreta: la guerra que ha dejado atrás en Ucrania. Ese contraste aporta una dimensión más rica que el conflicto familiar planteado al comienzo.

También son los personajes secundarios quienes sostienen buena parte del peso dramático. Pierfrancesco Favino construye un padre atravesado por la frustración, pero lejos del estereotipo autoritario. Su desconcierto resulta más doloroso precisamente porque nace de la incomprensión y no del control. Élodie Bouchez, la madre, en un papel más contenido, aporta equilibrio a una familia donde nadie parece tener respuestas.

Visualmente, Campillo mantiene una puesta en escena austera, sin buscar golpes de efecto. La cámara acompaña a los personajes con la misma discreción con la que la película aborda sus conflictos. Esa coherencia formal refuerza la sensación de estar frente a un relato que observa antes que juzga. Sin embargo, esa apuesta también tiene un costo: por momentos la historia parece contener tanto sus emociones que algunas escenas terminan pasando sin dejar la huella que prometían.

Más que una película sobre el trabajo, la diferencia de clases o el despertar sexual, Enzo habla del desconcierto. De esa etapa en la que uno toma decisiones importantes sin comprender del todo por qué las toma. Campillo no intenta ordenar ese caos ni convertirlo en una lección. Prefiere aceptarlo como parte del crecimiento.

Quizá por eso la película deja una sensación ambigua. No alcanza la intensidad emocional de otras obras de Laurent Cantet ni la fuerza narrativa de los mejores trabajos de Robin Campillo. Pero tampoco busca convertirse en un drama de respuestas fáciles. Su interés está en acompañar a un personaje que todavía no sabe quién quiere ser y en recordar que, a veces, crecer consiste precisamente en atravesar esa incertidumbre sin encontrar un camino claro.

7.0
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