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Crítica de “Rápidos y Furiosos 9”: la inexplicable continuidad de una saga

Concentrada en “la familia”, esta nueva entrega de una de las franquicias más exitosas de la industria hollywoodense, vuelve a basar su narrativa en una sucesión de incoherentes maniobras automovilísticas, sumando millones de dólares a los bolsillos de sus creadores.

Crítica de “Rápidos y Furiosos 9”: la inexplicable continuidad de una saga
miércoles 08 de julio de 2026

Existen fenómenos inexplicables en la industria cinematográfica, como el caso de la saga Rápidos y Furiosos: actores que lo que menos hacen es actuar, automóviles que lo que menos hacen es comportarse como tales y una constante regurgitación de fórmulas provenientes de otros éxitos del cine de acción, dando forma a un pastiche que apuesta, una y otra vez, a lo seguro.

Como guilty pleasure, muchos de sus fanáticos, que esperan cada una de las nuevas entregas con el mismo entusiasmo de siempre, jamás le pedirán a su líder, Vin Diesel, que se destaque en un plano que vaya más allá de poner el cuerpo al servicio de la propuesta. Tampoco reclamarán la absoluta falta de verosimilitud de estas películas ni, mucho menos, que los automóviles que forman parte del relato se desplacen con la lógica que se supone deberían tener: por caminos, rutas o calles. Todo lo contrario.

En Rápidos y Furiosos 9 (Fast & Furious 9, 2021), con Justin Lin una vez más detrás de cámara, los autos vuelan, desafían las leyes de la gravedad y, además, pasan a ocupar un lugar secundario cuando la historia decide concentrarse en el "desgarrador" pasado de Toretto (Diesel): la muerte de su padre y la irrupción de un hermano dispuesto a recordarle que, incluso en las mejores familias, los peores conflictos suelen gestarse puertas adentro.

Así, entre villanos, la imposibilidad de continuar con su apacible vida junto a su mujer (Michelle Rodriguez) y la obligación de enfrentarse a problemas ajenos a sus planes, Rápidos y Furiosos 9 extiende sus dos horas y media anestesiando al espectador que no pertenece al culto de la saga para ofrecerle, casi sin previo aviso, un espectáculo visual desbordado de pirotecnia, humor, velocidad y un sinfín de sorpresas. En más de un momento, la experiencia se asemeja a esos programas televisivos que encadenan bloopers y videos de accidentes o catástrofes naturales, donde la sorpresa constante termina sustituyendo cualquier otra forma de interés.

Claro está que, al salir de la sala, ese mismo espectador que celebró cada una de esas proezas —vitoreadas incluso en las funciones privadas previas al estreno, organizadas para que los "profesionales" puedan ver las películas— seguirá con su vida deseando que un Toretto de carne y hueso se cruce en su camino para sumarlo a las aventuras más desmesuradas que el cine haya imaginado. Sin embargo, con la misma velocidad con la que abandona la sala, también olvidará las razones de la existencia de un cine que no conoce de verosimilitud ni de verdad, pero que sí domina como pocos el arte de las explosiones y los efectos especiales.

4.0
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