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Crítica de “La portera”: Ruby Rose y un clon femenino de "Duro de matar"
El thriller de acción de Ryuhei Kitamura reproduce casi al pie de la letra la fórmula del clásico de Bruce Willis.
No es John McClane sino Ali Gorski; no es el Nakatomi Plaza sino el edificio Carrington; no transcurre en Navidad sino durante las Pascuas; y el refinado villano de Alan Rickman deja su lugar a un grupo de mercenarios comandados por Jean Reno. La portera (The Doorman, 2020) no oculta en ningún momento su intención de replicar la estructura y los principales elementos de Duro de matar (Die Hard, 1988), hasta el punto de convertirse en una de sus imitaciones más evidentes.
La película está protagonizada por Ruby Rose —modelo, DJ, cantante, actriz, presentadora de televisión y ex VJ de MTV Australia—, quien interpreta a Ali Gorski, una exmarine marcada por el trauma de no haber podido salvar a su hermana durante un atentado. Alejada del servicio, acepta un trabajo como portera en el edificio donde viven su cuñado (Rupert Evans) y sus sobrinos.
Cuando un grupo de delincuentes irrumpe en el complejo para robar una valiosa colección de obras de arte, la encargada deberá "limpiar" a cada uno de los criminales. La situación se convierte, además, en una oportunidad de redención: una segunda chance para hacer aquello que una vez no pudo, salvar a los suyos.
El especialista en films de terror Ryuhei Kitamura, Tren de medianoche (The Midnight Meat Train, 2008), dirige uno de esos entretenidos relatos de acción que no defraudan por su ritmo a contrarreloj, su tensión claustrofóbica y sus personajes bien construidos. Sin embargo, en este caso, la sombra de Duro de matar le juega en contra.
Muchas películas han copiado la estructura del film dirigido por John McTiernan. La fórmula del héroe aislado enfrentado a un grupo de criminales en un espacio cerrado fue reutilizada en incontables variantes: Steven Seagal la trasladó a un barco en Alerta máxima (Under Siege, 1992) y a un tren en Alerta máxima 2 (Under Siege 2: Dark Territory, 1995); Jean-Claude Van Damme la llevó a un estadio de hockey en Muerte súbita (Sudden Death, 1995); y la genial producción indonesa a un edificio controlado por narcotraficantes en La redada (The Raid, 2011). La portera simplemente incorpora una protagonista femenina a esa tradición sin aportar modificaciones sustanciales.
Kitamura demuestra solvencia para filmar las secuencias de acción y mantener la tensión, con coreografías de combate dinámicas que aprovechan las habilidades físicas de Ruby Rose, mientras que la arquitectura del edificio —con pasadizos, habitaciones ocultas y múltiples niveles— ofrece un escenario ideal para construir el juego del gato y el ratón.
La portera nunca alcanza el nivel del clásico al que homenajea —o directamente imita—, pero tampoco pretende reinventar el género. Y si pensamos que su objetivo es ser un producto para el consumo rápido en plataformas, eso alcanza para justificar la propuesta.