Gaumont
Crítica de "Cuarto oscuro": un viaje psicodélico por el imaginario del conurbano
La ópera prima de Rocke Oviedo convierte la música de Humano Querido en una experiencia audiovisual donde el absurdo, la animación y la cultura rock construyen un universo propio.
No es frecuente encontrar una película argentina que renuncie desde el comienzo a las convenciones de la narración clásica. Cuarto oscuro (2025), ópera prima de Rocke Oviedo, construye su universo a partir de la música, la animación, el humor absurdo y una iconografía ligada al rock y al conurbano bonaerense. En lugar de desarrollar un conflicto tradicional, la película organiza su recorrido como una sucesión de escenas, recuerdos y desvíos que exploran un imaginario donde la lógica narrativa queda subordinada a la experiencia sensorial.
Esa decisión también define su estructura. Cada canción introduce un nuevo episodio y los personajes aparecen como figuras que atraviesan ese flujo antes que como protagonistas de una progresión dramática. Sergio "Resorte" Scarone y Tomás Giordano funcionan como el centro de ese recorrido, acompañados por las participaciones de Eduardo de la Puente, Pipo Cipolatti, Gabriel Mariotto, Guadalupe Cuevas, Tino y Gargamuza. Más que ofrecer explicaciones, la película propone aceptar sus cambios de tono y recorrer un universo construido desde el disparate, la sátira y la poesía visual.
La puesta en escena refuerza esa lógica. Actuaciones, animación, ilustraciones, collage digital y recursos artesanales conviven en una estética que remite al fanzine, al videoclip y a cierto humor televisivo de los años noventa. Los dibujos que irrumpen sobre la imagen real, las referencias a la informática doméstica, los recortes de cultura pop y un montaje basado en la acumulación de estímulos convierten a la música en el principio organizador de cada secuencia antes que en un simple acompañamiento.
Esa combinación de lenguajes permite leer Cuarto oscuro como una reivindicación de una forma de producción nacida en los márgenes. La película recupera elementos del rock independiente, la animación casera, el arte plástico y una sensibilidad vinculada a la cultura alternativa para preguntarse qué lugar ocupan hoy esas expresiones frente a un panorama audiovisual cada vez más homogéneo. El resultado no busca la nostalgia, sino la actualización de ese imaginario desde una mirada contemporánea.
La principal fortaleza de la película reside en la coherencia entre su forma y aquello que propone. Rocke Oviedo no intenta domesticar el caos ni ordenar cada desvío dentro de una estructura convencional; asume la fragmentación como parte de su lenguaje y convierte la mezcla de disciplinas en el núcleo de su propuesta. Esa decisión puede desafiar las expectativas de quienes esperan un relato lineal, pero también sostiene una identidad cinematográfica que encuentra en el riesgo su forma de expresión.