Salas
Crítica de "Dolly, juega conmigo": un slasher de gran atmósfera, pero vacío de tensión
La película construye una atmósfera inquietante y visualmente atractiva pero con una historia débil, sin tensión dramática ni personajes capaces de sostener el relato.
Como ya hicieron los hermanos Onetti en varias producciones argentinas recientes, Dolly, juega conmigo (Dolly, 2025) se propone recuperar el espíritu del terror setentista desde una mirada profundamente nostálgica.
La película de Rod Blackhurst, adaptación del corto Babygirl (2022), entiende muy bien cómo reproducir la textura visual, el clima enfermizo y la violencia seca del slasher clásico. El problema aparece cuando detrás de esa cuidada superficie no existe una historia capaz de sostener el interés más allá de la referencia cinéfila.
La trama sigue a Macy (Fabianne Therese), quien viaja junto a su novio hacia una zona boscosa para pasar un día de excursión. Allí se cruzará con una perturbada mujer obsesionada con las muñecas, líder de una especie de culto macabro que transforma a sus víctimas en piezas de colección humanas. La premisa, en teoría, contiene elementos atractivos: aislamiento rural, fanatismo enfermizo, cuerpos intervenidos y una asesina marcada por un trauma evidente.
Filmada en 16 mm, la imagen posee esa suciedad granulada y opresiva propia del exploitation de los años setenta. La cámara en mano, siempre inquieta e incómoda, transmite vulnerabilidad constante y remite inevitablemente a La masacre de Texas (The Texas Chain Saw Massacre, 1973), principal influencia estética y narrativa de la propuesta. También hay ecos evidentes de Halloween (1978) y Martes 13 (Friday the 13th, 1980) en la construcción de la asesina, el uso de herramientas rurales como armas y la idea del bosque como territorio salvaje donde la lógica desaparece.
La película funciona mejor cuando se concentra en ese imaginario visual. La máscara de porcelana agrietada, los espacios húmedos y decadentes, la iluminación tenue y el diseño sonoro contribuyen a generar momentos genuinamente inquietantes. Incluso la figura de la asesina posee una presencia física perturbadora que por instantes logra imponer tensión. Hay una clara dedicación artesanal en la creación de atmósferas y en la reconstrucción de un tipo de terror áspero y visceral que el cine contemporáneo suele suavizar.
El principal inconveniente es que el homenaje termina reemplazando a la identidad propia. Blackhurst reproduce códigos, encuadres y sensaciones reconocibles, pero rara vez consigue transformarlos en algo nuevo o verdaderamente inquietante. Lo que en los grandes slashers funcionaba como reflejo de miedos sociales, paranoia o violencia reprimida, aquí queda reducido a un ejercicio de estilo cuidadosamente diseñado.
Dolly, juega conmigo es una película visualmente atractiva pero con una dependencia excesiva de las referencias. Un slasher que entiende perfectamente cómo verse, aunque nunca descubre realmente qué quiere contar.