Salas
Crítica de “Zona de riesgo”: David Mackenzie y un thriller de máxima tensión narrado a contrarreloj
El escocés David Mackenzie dirige un thriller de atracos con múltiples vueltas de tuerca que encuentra su mayor virtud en la precisión narrativa, construida para no dar respiro.
Zona de riesgo (Fuze, 2025) comienza con el hallazgo de una bomba de la Segunda Guerra Mundial en una obra en construcción en pleno centro de Londres. La amenaza obliga a evacuar rápidamente una parte de la ciudad y convierte las calles en un territorio dominado por el caos, el miedo y la desorientación. En medio de esa situación límite, un grupo organizado aprovecha el operativo de emergencia para ejecutar el robo de la bóveda de un banco y vaciar sus cajas de seguridad.
Por un lado aparece Major Will Tranter (Aaron Taylor-Johnson), un militar y ex combatiente especializado en desactivar explosivos que debe lidiar con la presión del operativo mientras la ciudad se paraliza. En paralelo, Zuzana (Gugu Mbatha-Raw) coordina desde los monitores policiales buena parte del despliegue de seguridad, aportando una dimensión tecnológica y estratégica al relato. Y por detrás de todo, casi como fantasmas que se mueven en las sombras del caos urbano, opera la banda liderada por Karalis (Theo James), responsable de planificar el robo aprovechando la confusión colectiva.
Lo interesante es cómo la película hace chocar esas tres líneas narrativas hasta convertirlas en una sola corriente de tensión. Cada decisión modifica el tablero general y el relato encuentra su fuerza precisamente en ese efecto dominó permanente. La ciudad paralizada se vuelve el terreno ideal para esconder movimientos clandestinos, operaciones secretas y traiciones inesperadas.
Es cierto que la película no reinventa el género de atracos ni propone una mirada especialmente novedosa sobre los robos bancarios. Sin embargo, su gran mérito reside en la manera en que administra la tensión y en la eficacia con la que transforma una premisa clásica en un mecanismo de suspenso extremadamente aceitado. Todo está calculado con exactitud milimétrica: el ritmo, los cruces entre personajes, las revelaciones y el manejo del tiempo.
El vértigo nace principalmente de un montaje eléctrico que articula acciones simultáneas y convierte la película en un thriller a contrarreloj. La historia sucede prácticamente en tiempo real y esa decisión narrativa potencia la sensación de urgencia permanente. Cada minuto parece empujar al siguiente sin pausas ni tiempos muertos, generando una experiencia inmersiva donde el espectador queda atrapado dentro de una maquinaria que avanza sin detenerse.
En ese sentido, David Mackenzie, director de la genial Sin nada que perder (Hell or High Water, 2016), trabaja con varios puntos de vista que se van cruzando a medida que la situación escala. La estructura recuerda por momentos al cine de Christopher Nolan, especialmente por el uso del montaje paralelo y la fragmentación de las líneas narrativas. Pero mientras Nolan suele buscar complejidades temporales o laberintos conceptuales, Mackenzie entiende que películas como esta dependen menos de la originalidad absoluta que de la capacidad para sostener el ritmo, administrar la información y construir suspenso escena tras escena.
Zona de riesgo probablemente no quede en la memoria como una gran renovación del thriller contemporáneo, pero sí como un ejemplo muy sólido de cine de género hecho con oficio.