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Crítica de "Dibu Martínez: El pibe que ataja el tiempo": la épica de un sueño que tardó años en llegar
"Dibu Martínez: El pibe que ataja el tiempo" reconstruye el recorrido de Emiliano Martínez desde Mar del Plata hasta la cima del fútbol mundial a través de un relato que combina archivo, animación y memoria para explorar el tiempo, la perseverancia y el camino detrás de la consagración.
Dibu Martínez: El pibe que ataja el tiempo (2026), dirigida por Gustavo Cova y basada en un cuento de Hernán Casciari, toma la figura de Emiliano Martínez para correrla del archivo deportivo y llevarla hacia otro territorio: el de las historias construidas alrededor de la espera, la insistencia y los años en los que nada parece suceder. A través de material personal, entrevistas y secuencias animadas inspiradas en ilustraciones de Liniers, la película reconstruye el recorrido de aquel chico de Mar del Plata que soñaba con el arco mucho antes de convertirse en una referencia del fútbol mundial. Lo hace desde una lógica cercana al camino del héroe, aunque evita quedarse únicamente en la celebración del triunfo.
La decisión narrativa más singular aparece en la incorporación de un niño capaz de detener el tiempo y una pelota que habla, con la voz de Agustín Aristarán, como si funcionara al mismo tiempo como conciencia, desafío y destino. Ese recurso introduce una dimensión simbólica que convierte al fútbol en algo más amplio que una competencia: aparece como aprendizaje, resistencia y construcción de identidad. Las entrevistas con Lionel Messi, Lionel Scaloni, Miguel Ángel “Pepé” Santoro, su hermano Alejandro, sus padres, su esposa Mandinha y sus amigos de toda la vida no quedan reducidas al testimonio; terminan trazando el mapa humano que existe detrás de la figura pública.
La película encuentra su centro en aquello que suele quedar fuera de las imágenes que construyen la épica deportiva: la incertidumbre, los años de suplencia, la distancia, la necesidad de seguir incluso cuando el reconocimiento todavía no aparece. Allí el tiempo deja de ser una idea abstracta para transformarse en el verdadero rival a enfrentar. No resulta casual que el documental dialogue de manera permanente con aquella atajada frente a Francia en la final de Qatar 2022. Ese instante, congelado ya en la memoria colectiva, funciona aquí no como punto de llegada sino como consecuencia de un recorrido mucho más largo.
Gustavo Cova alterna registros visuales sin quedar atrapado en la biografía tradicional. La animación recupera el imaginario de la infancia; el archivo instala la dimensión histórica; la ficción aparece para darle forma a aquello que el registro documental no siempre consigue explicar. En esa convivencia de lenguajes aparece la hipótesis más potente de la película: los héroes deportivos no se construyen únicamente en el momento de la consagración, sino mucho antes, en la repetición silenciosa de una búsqueda que parece no avanzar, pero que nunca se detiene. Allí, precisamente, Dibu Martínez: El pibe que ataja el tiempo encuentra su corazón.