Festival de Cannes 2026
Crítica de “Minotaur”: Zvyagintsev convierte la guerra en telón de fondo de un drama con ambiciones desmedidas
El director ruso vuelve a cuestionar la deshumanización de su país, aunque esta vez el conflicto en Ucrania funciona apenas como marco para un relato de celos, culpa y decadencia burguesa que nunca alcanza la potencia de sus mejores obras.
Andreï Zvyagintsev tiene una indudable querencia por los títulos grandilocuentes. Después de Leviatán (2014) y Loveless (2017), películas que denunciaban la corrupción y deshumanización de la sociedad rusa, llega Minotaur, que ahonda en el mismo discurso, por más que Zvyagintsev se haya exiliado y ya no viva en Rusía, de ahí que esta nueva película sea una coproducción entre Francia, Alemania y Letonia. Obviamente, era imposible rodarla en el país gobernado por Putin salvo que sus autores quisiesen correr el riesgo, como algunos de los personajes de la película, de ser enviados al frente ucraniano.
En todo caso, el título hay que entenderlo también en un sentido metafórico. El mito del Minotauro griego habla de un monstruo encerrado en un laberinto y al que hay que alimentar con catorce jóvenes. Los jovenes de la película de Zvyagintsev son, claro está, los reclutas que Putin necesita para la guerra de Ucrania y que son alistados a la fuerza en las fábricas como contribución imprescindible al régimen. Ucrania es el trasfondo de Minotaur, quizás porque hoy en día no se puede hablar de Rusía sin hablar de Ucrania, pero también porque Zvyagintsev necesita reforzar su perfil de cineasta opositor y, al tiempo, de un decorado que le de cierta consistencia a la trama central de su película.
La guerra acaba interrelacionándose con ella, pero de una forma un tanto tangencial y secundaria. El protagonista es un empresario de transportes, Gleb, que, con tanta gente que se ha marchado al exilio se encuentra con falta de personal, se ve obligado a ceder trabajadores para enviarlos al frente. Sin embargo, la verdadera preocupación de Gleb es su mujer, Galina, de la que sospecha que lo está engañando. El trasfondo puede ser una tema que no se puede subestimar, pero los problemas de Gleb y Galina son los mismos de los protagonistas de cualquier telenovela de gente rica que sufre de celos y, ya que estamos en Francia, ennui.
Minotaur trata de eso, no nos engañemos, de cómo un pobre empresario rico que ama a su mujer debe cometer un delito y luego ocultarlo para salvar su matrimonio. Todo ello filmado, no como una telenovela, sino con la grandilocuencia habitual en el cine de Zvyagintsev, como si el gran formato por sí solo le diese consistencia a un material de derribo que no está a la altura, ni mucho menos, de sus anteriores películas.